Para los miembros de mi generación, el mejor localizador de un domicilio en el Pachuca de ayer era el nombre de la cantina, pulquería o piquera más cercana, dado que este tipo de negocios era popularmente conocido y se ubicaban por toda la geografía urbana extendida en los años 50 por el norte en la Hacienda de Loreto; por el sur, en el lienzo charro —donde hoy se ubica plaza Bella—; por el oriente, en la estación de bomberos de la avenida Madero, y por el poniente, dos calles arriba del Instituto Científico Literario Autónomo, espacio en el que radicaban en 1950, según el censo, poco más de 60 mil habitantes.
Imposible sería calcular el número exacto de piqueras, pulquería y cantinas existentes en aquel Pachuca, porque no todas se registraban con ese giro, ya que muchas lo hicieron como tendejones, loncherías o figones donde se expendían bebidas alcohólicas; el número era alto, aunque no tan exagerado como algunos han supuesto. Pero lo cierto es que la popularidad de esos negocios era referencia segura de algún domicilio, sobre todo en virtud de que la mayoría de las calles carecía nomenclatura visible.
Por ello cuando alguien proporcionaba su domicilio, después de enunciar la calle y número, señalaba: “Estoy a 200 metros de La Estudiantina”, o “cerca de La Palma”, “frente al Tráfico”, “entre el callejón de La Bandera Roja” y el de Las Lindas Mexicanas”, “debajo de La Única”… inclusive hubo populosos barrios que recibieron el nombre de la cantina más popular, como el caso de “El Mosco”, “El Infierno”, “El Topacio” y otros muchos.

El profesor Donaciano Serna Leal, que fuera gobernador interino del estado entre 1970 y 1972, es autor de una puntual crónica, en la que describió con tersa prosa el ambiente y número establecimientos de esa naturaleza, ubicados en la céntrica calle de Jiménez, crónica que se contiene en una nota escrita para el periódico La Renovación, que dirigiera el inolvidable Jesús Castañeda, la que se encuentra en el número 859, incluida en la segunda página, el jueves 18 de abril de 1949:
“La calle de Jiménez es chiquita, minúscula, como está asfaltada. Es tan pequeña que más parece un pasadizo entre las calles de Doria y Abasolo. Pero, chiquita y todo, tiene su fama.
“Calle de cantinas y de gendarmes, debería llamarse, pues, en las tardes, casi al anochecer, aparecen unos tipos estrafalarios vestidos de azul, que, con poco comedimiento y mucha grosería, les espetan a las distraídas parejas un “píquele pa la Inspección”, en tanto que a los borrachines del barrio u otros influyentes que van a pagar tributo a Baco les sonríen y les dan un ‘usted dispense’, si les han tocado el traje o la chamarra.
“Y,respecto a las cantinas, nos place pasarles una revista, acompañada de brevísimo comentario: ‘La Gran Victoria’. (¿De quién? —De Baco—); ‘Las Dos Estrellas’. (Muy buenas deben ser las de los cantineros). ‘La Zacatecana’. (Mejor, La Zaca-canas a los vecinos). ‘El Sabino’. (¡Qué monada es vivir explotando los vicios del pueblo!). ‘La Luz’. (Mejor sería: ‘Aquí se pierde la luz del entendimiento’). ‘Bar Babalú’. (Cambiémoslo por: Bar Babalá o Bar La Baba). Y otra cantina a la que llamaré ‘La Anónima’, que está situada en la esquina de Jiménez y Nicolás Flores.
“¡Ocho cantinas en una callecita! ¿Os parecen pocas, lectores amigos? Para mí, un excesivo número por el enorme perjuicio que causan a la sociedad. Directamente contribuyen a fomentar los vicios, e indirectamente, molestan todos los días a los vecinos y, lo que es peor, en las noches, con sus sinfonolas y con los destemplados y primitivos aullidos de los ebrios.
“Las autoridades que velan por el bien público y por la tranquilidad de la sociedad deben suprimir el número de cantinas que en la ciudad existen para que no sea fatal realidad el dístico: En toda ciudad minera deben abundar las cantinas. En cuanto a los gendarmes sería conveniente moralizarlos debidamente, enviándolos por un tiempo a la escuela elemental. Hasta aquí la nota”.
Ilustrativa es la crónica del maestro Serna Leal, narrada además con un claro lenguaje que, sin dejar de ser descriptivo, resulta también jocoso y ameno, lo que no es fácil alcanzar.
No debe olvidarse que aquellos sitios fueron la mejor medicina o el mayor aliciente para los mineros que entonces dejaban su salud a pedazos en los socavones donde diariamente aspiraban los polvos de sílice hasta acabar con sus pulmones, sino es que algún accidente acabara con sus vida, de modo que las cantinas eran el sitio donde podían evadir y olvidar momentáneamente aquellos peligros, de modo que la piquera se transformaba en diván de paupérrimos siquiatras que escuchaban y aconsejaban al alcoholizado paciente, que fuera de sus cabales escuchaba dormitando los sabios consejos de la camarilla de beodos parroquianos, convertida en caterva de psicoanalistas de a tostón. ¿Y usted, amable lector, dónde vive?
La fotografía corresponde a la calle de Jiménez, a la altura de su cruce con Rosales, en 1916.


