Diálogo: La posibilidad de una vía de comunicación fluida entre Teherán y Washington al iniciar el 2026 parecía, más que una opción diplomática o ejercicio de equilibrio ante un abismo de desconfianza. Después de años de “máxima presión” y respuestas asimétricas, los canales de contacto se redujeron a interlocutores de terceros países y protocolos de emergencia para evitar un conflicto abierto. La viabilidad de este diálogo no depende solo de la voluntad de las administraciones de turno, sino de una visión de seguridad regional que hoy se percibe rota. Washington exige una contención nuclear, el cese del apoyo a milicias y cese a represión a opositores mientras que Teherán demanda el levantamiento de sanciones que asfixian su economía y garantías de que cualquier acuerdo no será revocado por el siguiente inquilino de la Casa Blanca. En este contexto, la comunicación es una herramienta de gestión de crisis, no de resolución de conflictos; se habla para no disparar, pero difícilmente para construir una paz duradera. Más allá del guía de la Revolución el Ayatolah Ali Jamenei, quien ostenta la última palabra en asuntos de estado, defensa y política exterior, el gobierno de Irán opera bajo una compleja red de poderes como en su momento lo fue el presidente Masoud Pezeshkian al frente de la rama ejecutiva y la burocracia como economía, pero su autoridad quedó limitada por el Consejo de Guardianes y el Consejo de Conveniencia. Sin embargo, el verdadero poder fáctico reside en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) organización qué no es solo una fuerza militar de élite, sino un imperio económico que controla sectores estratégicos desde la construcción hasta las telecomunicaciones. Los comandantes del CGRI tienen acceso directo al Líder Supremo y periódicamente, dictan la política regional del país, actuando como un estado dentro de la estructura de gobierno que garantiza la supervivencia del sistema teocrático por encima de las decisiones parlamentarias.

Estratégico: La plataforma de exportación de petróleo iraní sigue siendo el pulmón financiero que permite al régimen resistir el aislamiento internacional. A pesar de las estrictas sanciones impuestas por Occidente, Irán logró mantener una infraestructura de exportación resiliente, movilizando actualmente cerca de 1.8 millones de barriles diarios hacia mercados que ignoran o evaden las restricciones, principalmente en Asia. Mediante el uso de “flotas fantasma” y transferencias de crudo en alta mar, Teherán estabilizó sus ingresos, demostrando que su capacidad de producción que ronda los 3.2 millones de barriles diarios en total es una pieza geopolítica demasiado grande para ser anulada por completo. El petróleo no solo financia el gasto público, sino que sostiene la influencia externa del país a través de subsidios y suministros estratégicos a sus aliados.
Alianzas: El patrocinio a organizaciones como Hezbollah en el Líbano no es una posibilidad , sino forma parte de la doctrina de seguridad iraní conocida como la “Defensa Avanzada”. Irán suministra un apoyo cuantioso además de un arsenal sofisticado que incluye misiles de precisión y drones, a la organización liderada hoy bajo una estructura colegiada tras las bajas de su cúpula histórica. Esta relación no es meramente ideológica o religiosa; Hezbollah funciona como la extensión del brazo disuasivo de Irán en el Mediterráneo, permitiéndole proyectar poder y amenazar intereses israelíes y occidentales sin necesidad de un enfrentamiento directo desde territorio persa. El apoyo se extiende también a las milicias en Irak, a los hutíes en Yemen y a facciones en Siria, consolidando lo que Teherán denomina el Eje de la Resistencia.
Sucesores: El tema de la sucesión de Ali Jamenei dejó de ser un tabú para convertirse en la preocupación central de la élite política iraní, debido a los informes sobre la salud del casi nonagenario jerarca. Tres nombres resaltan en esa línea: Mojtaba Jamenei, hijo del Líder Supremo, quien a pesar de no ostentar un cargo oficial, ejerce una influencia total sobre el aparato de seguridad y la oficina de su padre; su ascenso sería visto como una consolidación dinástica que genera recelo entre los sectores más tradicionalistas. Frente a él se perfila Alireza Arafi, un clérigo de alto rango con profundas raíces en el sistema educativo y religioso de Qom, visto como una figura de consenso que podría garantizar la continuidad ideológica sin el estigma del nepotismo. Finalmente, Hashem Hosseini Bushehri, vicepresidente de la Asamblea de Expertos, aparece como un candidato institucional capaz de resistir las tensiones entre la vieja guardia clerical y los militares del CGRI. La decisión final recaerá en la Asamblea de Expertos, un cuerpo de 88 clérigos encargados de elegir al próximo guía de la revolución en un proceso que definirá no solo el futuro de Irán, sino el equilibrio de poder en todo el Medio Oriente.

