pocos días de la Candelaria, cuando las calles, los barrios, los mercados y principalmente los atrios de la Iglesias católicas de todo el país se llenan de coloridas imágenes de Dios, así como del aroma a tamales y atole, el taller de don César Bautista se convierte en un refugio de devoción y paciencia.

Desde hace más de 32 años, este licenciado en Derecho y de oficio restaurador, recibe a una fila constante de fieles que traen en brazos sus imágenes para que recuperen la dignidad perdida por el tiempo, el humo de las velas o una caída desafortunada.
“Además de paciencia y dedicación, hay que tener fe”, repite César mientras con pinzas delicadas coloca un fragmento de dedo que se había desprendido de un Niño de yeso del siglo pasado. “Si no hay fe, por muy sencilla que parezca la reparación, no queda”.
Él lo sabe bien: a los 14 años su padre, don Jesús Bautista, le entregó el oficio junto con una imagen dañada y una advertencia: “Trátala con respeto, porque ellas también sienten”.
Comenta que el ritual comienza antes de tocar la herramienta. “En ocasiones las imágenes no se dejan reparar”, cuenta. “El yeso se despega solo, amanecen más sucias o con rasguños que ayer no estaban. Entonces prendo una vela, me siento frente a ellas y les digo: ‘Tranquilas, mis reyes, mi Niño Dios, mi virgen, van a quedar bien bellos. Déjenme ayudarlas’”. Solo después de ese diálogo silencioso empieza el trabajo: lijado, estucado, pintura, dorado. Yeso, madera, pasta, resina, fibra de vidrio… cada material exige su técnica, pero todos responden —o se resisten— según la disposición del restaurador y del dueño.
César advierte también sobre los cobros: “Hay que cobrar lo justo. Si uno intenta abusar con el precio, el yeso no pega, la pintura no agarra, la reparación simplemente no queda”.
Los clientes de toda la vida lo han aprendido. Miriam Alquicira, oriunda de Santa Cruz Acalpixca, en Xochimilco, en la Ciudad de México, lo explica con naturalidad: “Si llegas regateando, cuando te entregan la imagen tiene carita triste. Pero si pagas sin chistar y con gusto, el rostro irradia luz, se ve vivo, como si el Niño te estuviera agradeciendo”.
El taller, un espacio modesto donde conviven frascos de pigmentos con estampitas y veladoras, es hoy un negocio familiar. César no solo heredó el oficio de su padre: se lo está transmitiendo a su hijo y a su esposa, quienes lo ayudan en las temporadas altas.
Primero fue diciembre, con la imagen de la virgen de Guadalupe; ahora, enero, con la urgencia de la Candelaria. “Antes de la Virgen de Guadalupe la tarea se incrementa mucho”, reconoce. “Todos quieren que su Niño luzca perfecto para presentarlo en la iglesia el 2 de febrero”.
Su fama ha cruzado las calles empedradas de San Lucas. Parroquias de Xochimilco lo han convocado para restaurar piezas mayores: un San Antonio de Padua con el Niño perdido, un Cristo atado a la columna que sobrevivió una inundación, varios Niños de altar mayor que el tiempo había ennegrecido.
“No es solo arreglar bonito”, dice mientras aplica una capa fina de barniz protector. “Es devolverle la dignidad a algo que para mucha gente es lo más sagrado que tienen en su casa”.
Mientras conversa, sus manos siguen trabajando: pega un manto rasgado, repinta una mejilla sonrosada, coloca ojos de vidrio que habían rodado bajo la mesa.

Afuera, la fila avanza: una señora de Nativitas trae un Niño pastorcillo que se mojó en la última lluvia; un joven de San Gregorio Atlapulco carga uno de pasta que perteneció a su bisabuela. Todos esperan el mismo milagro cotidiano: que el 2 de febrero su imagen regrese renovada, lista para ser vestida con el mejor ropón, bendecida en la misa y paseada con orgullo por las calles.
Don César no cobra por la fe, pero sí por las horas de esmero. “Lo que no se vende es el tiempo que paso platicando con ellas”, dice con una sonrisa tenue. “Porque al final, quien restaura de verdad no soy yo. Es Él, que se deja querer”.
Y en el taller de San Lucas Xochimanca, entre el rumor del lijado y el leve aroma a pintura, trementina y cera, la Candelaria se prepara en silencio: un Niño a la vez, una oración a la vez, una fe que no se compra ni se negocia.
CHARLAS DE TABERN
MARCOS H. VALERIO

