Pbro. Jorge Amando Vázquez Martínez
Con frecuencia puedo escuchar a personas inconformes en casi todos los estratos de la sociedad: política, educación, y por supuesto también en la religión.
Pero en muy pocos escucho apuntes reales de solución a tan compleja situación, en otras palabras: somos buenos para quejarnos pero poco creativos en las soluciones aterrizadas por decir lo menos.
Es por eso que me sorprendió gratamente el aporte de Pablo Boullosa en su libro El corazón es un resorte (TAURUS, CDMX 2017) donde de manera muy original habla de la necesidad de herramientas aplicadas especialmente en la formación del ser humano y destaca la importancia del uso de la lengua materna, pues afirma que el lenguaje construye a la persona siguiendo su modelo natural.
En el capítulo segundo lo intitula, Historias o de las grandes maniobras en miniatura, pone una cita de Wallace Steves, La función del poeta consiste en ayudar a la gente a vivir su propia vida, en donde recurre a las historia mejor contadas a lo largo de la literatura entre las cuales yo destaco la del valor del Evangelio en la persona de Jesucristo que utilizaba el poder de las metáforas para que su mensaje llegara hasta lo más profundo del ser humano y es esta contexto escribe:
“Cuando he tenido oportunidad de dar cursos a reporteros, suelo hacer énfasis en las historia que nos mueves más que los apotegmas, la información y los razonamientos, porque muchos creen que su deber y su responsabilidad social es la de transmitir información objetiva para cambiar al mundo. El problema es que el mundo cambia más con las historia que con la mera información, y si queremos mejorar al mundo necesitamos contar mejores historias” (Boullosa, pp.104-105)
Este sería el planteamiento, todos hemos crecido con diferentes historia que nos han dejado múltiples enseñanzas de vida, tanto si las leemos en los libros, periódicos, revista y más actualmente en las redes sociales. Tal vez algunos hemos intuido de una u otra forma el valor de esta herramienta de las historias, parábolas, metáforas, pues es una forma de transmitir la experiencia de la vida de manera sencilla y sin tanta teoría yendo directamente a la práctica.
Y he aquí el problema puesto que cada día leemos menos y mal por nuestro problema digitalizar en el que nos encontramos pues este fenómenos digital hace hincapié en lo numérico, productivo, contable, estadístico, o sea, todo lo contrario a lo narrativo que incluya el lenguaje.
Es muy frecuente cada vez más que tengamos poco tiempo para escuchar a las personas, no tan solo sus problemas sino su historia de vida, sus luces y sombras, hay un declive sorprendente de lo narrativo, nos faltan palabras para expresarnos o con más frecuencia decimos una cosa por otra.
“Todos nos esforzamos por darle a lo que hacemos y a nuestra propia vida un sentido. Este sentido sólo puede emerger de una narración: porque en mi pasado encuentro tales y cuales cosas, proyecto hacia el futuro tales otras. Sólo al concebir nuestra vida como una historia podemos darle coherencia a lo que hacemos y a lo que somos” (Boullosa, p.106).
Recordar este dicho: “Los ancianos tienen mucho que contar, pero nadie que los quiera escuchar”, y hoy por hoy tendría mis dudas si, independientemente si es o no anciano, alguien quisiera contar lo que le pasa, su historia de fracasos y triunfos, porque de lo que se trata es pasar de triunfador de la vida metiendo debajo de la alfombra nuestros muertos.
EL VALOR DE LAS HISTORIAS
Boullosa en un convencido que una de las tareas educativos más importantes es la de ayudar a darle sentido a los estudios, los esfuerzos y la vida de los demás. Y esto exige manejar historias. “Los padres y maestros tenemos una responsabilidad narrativa frente a los más jóvenes, como fuente de historia y como fuente de sentido para sus historias. Si las evadimos estaremos permitiendo que la necesidad de sentido narrativo sea secuestrada por prejuicios y por historias muchas veces angustiantes, destructivas o paralizadoras” (Boullosa, p.106)
Esta es la muy lamentable situación de los libros de texto que tienen los estudiantes que se convierten en difusores de adoctrinamiento, ideologías tramposas, porque hoy la educación se dedica a todo menos a enseñar contenidos. Meter prejuicios en los niños y jóvenes es muy lamentable y lo peor que se hace con recursos públicos al servicio del mejor postor. Cada quien tiene toda la libertad de publicar lo que responsablemente cree lo mejor pero que lo haga con sus recursos personales y cada quien será libre de adquirir o no ese material como de hecho debería ser.
DEPRESIÓN E IDEOLOGÍA
La educación está en nuestras manos y conviene que nos convenzamos, entre más pronto mejor de usar el lenguaje y las historias en nuestras vidas: “Cuando nuestros chicos no encuentran sentido a lo que hacen ni a lo que son, es más probable que caigan en depresión, en abulia, en laberintos emocionales, en ideologías ingenuas, estúpidas o nihilistas. ¿Cuántos niños y jóvenes –y adultos- padecen de lo que podemos llamar “orfandad narrativa”? ¿Cuántos maestros ayudan a sus estudiantes a reformular más positivamente sus conflictos en narrativas más esperanzadoras?” (Boullosa, p.106)
El reto está planteado, pues no se trata de cambiar contenidos sino la forma como platearlos tomando en cuenta el diseño humano del lenguaje, escuchando más a este ser humano conflictuado consigo mismo o con la sociedad, quejándose de incomprensión y abandono, pues de eso se trata la orfandad a la que se refiere Boullosa, pues tenemos padres biológicos pero no personas que nos escuchen en nuestros problemas reales, el lenguaje a huido de nuestras relaciones y esto se traduce en enfermedad como la depresión que nos hacen enarbolar banderas ajenas incluso a la humanidad misma tal y como lo hacen las ideologías calificadas por Boullosa como “ingenuas, estúpidas o nihilistas” pues no nos están llevando a puerto seguro sino andamos en un naufragio sin llegar prácticamente a ningún lado, es un viaje a ningún lado.

