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JAVIER SALDAÑA, FÉLIX SALGADO Y LOS HUEVITOS RANCHEROS

Por Abraham Ponce Guadarrama
En política, los símbolos pesan tanto como las palabras, y a veces incluso más. Las imágenes —cuidadosamente construidas o aparentemente casuales— suelen revelar aquello que los discursos prefieren callar. Lo ocurrido recientemente en torno al rector de la Universidad Autónoma de Guerrero, Javier Saldaña Almazán, no es un hecho menor ni aislado: es, más bien, una escena que forma parte de una narrativa mayor donde los actores se mueven con precisión quirúrgica.


La presencia de Esthela Damián Peralta en un evento de naturaleza académica —donde, en términos estrictos, su participación no resultaba indispensable— adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto completo. Más aún si se le ve flanqueada por figuras de peso como Ricardo Monreal Ávila, un operador político de probada experiencia, cuya presencia rara vez es casual. En política, las coincidencias suelen ser acuerdos que aún no se anuncian.
Pero el episodio no termina ahí. La escena se traslada del protocolo institucional al terreno más íntimo y revelador de la política mexicana: la mesa. Los “huevitos rancheros” compartidos con Félix Salgado Macedonio no son simplemente un desayuno; son un mensaje. Porque en este país, las decisiones importantes no siempre se firman en oficinas, muchas veces se cocinan —literalmente— entre café, tortillas y acuerdos implícitos.
Pensar que Javier Saldaña Almazán se prestaría a una exposición política de esta naturaleza sin el consentimiento, o al menos la venia, de Félix Salgado Macedonio, sería desconocer la lógica real del poder en Guerrero. Aquí, los equilibrios son delicados y los movimientos, milimétricos. Nadie se mueve sin leer antes el tablero completo.
Y es precisamente ahí donde emerge la figura de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la dirigente nacional de Morena, Luisa María Alcalde. Porque en el fondo, lo que se juega no es una candidatura inmediata, sino algo más profundo: la relación con el centro del poder. Félix lo entiende bien. Sabe que confrontar sin cálculo puede resultar costoso en un sistema donde la disciplina política se premia y la disidencia, con frecuencia, se factura.
Por ello, mientras algunos actores periféricos elevan el tono y llaman a movilizaciones —quizá más por conveniencia que por estrategia—, en el núcleo del poder se construye otra lógica: la del acomodo fino. No se trata necesariamente de competir, sino de decidir quién compite y bajo qué condiciones. Y en ese juego, el verdadero poder radica en la capacidad de influir, no solo de participar.
Si llegado el momento Félix Salgado Macedonio opta por no aparecer en la boleta, su respaldo no será gratuito. En política, los apoyos no se regalan: se invierten. Y quien reciba ese respaldo deberá entender que no se trata de un gesto simbólico, sino de un compromiso con implicaciones profundas, capaces incluso de replicar estructuras de poder ya conocidas.
Así, lo que para algunos fue una escena cotidiana —un evento universitario, una fotografía, un desayuno—, para quienes saben leer la política en clave real, es el adelanto de una trama más compleja. Una historia donde las lealtades, las señales y los silencios pesan tanto como las declaraciones públicas.
Porque al final, en Guerrero como en el resto del país, la política no se improvisa… se cocina. Y estos “huevitos rancheros”, sin duda, traen más ingredientes de los que a simple vista parecen.

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