La creciente presión climática, hídrica y económica sobre los sistemas agrícolas ha colocado la seguridad alimentaria en el centro del debate global. En México, CIMMYT ha desarrollado una infraestructura científica y de colaboración multisectorial que traduce ese debate en soluciones concretas para fortalecer la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.

13 de febrero de 2026. La presión sobre el campo mexicano se ha intensificado en los últimos años. Sequías prolongadas, variabilidad climática extrema, degradación de suelos y acuíferos sobreexplotados están modificando las decisiones productivas en amplias regiones del país. A ello se suman la volatilidad en los precios de granos e insumos estratégicos y la creciente exposición de pequeños y medianos productores a riesgos de mercado.
En regiones como el Bajío o el norte de México, el estrés hídrico condiciona la sostenibilidad de los cultivos; en el sureste, las pérdidas poscosecha y el acceso limitado a mercados formales reducen los márgenes de rentabilidad y aumentan la vulnerabilidad económica de las comunidades productoras.
En febrero de 2026, durante su reunión anual —considerada el principal foro mundial de debate en materia de seguridad internacional— la Conferencia de Seguridad de Múnich (Munich Security Conference, MSC) colocó la seguridad alimentaria en el centro de su agenda estratégica. A través de su Grupo de Trabajo sobre Seguridad Alimentaria, del cual CIMMYT forma parte, la MSC destacó que los sistemas agroalimentarios deben entenderse como infraestructura crítica, particularmente en un entorno marcado por disrupciones climáticas, tensiones geoeconómicas y vulnerabilidad en las cadenas globales de suministro.
La discusión reflejó una preocupación creciente: cuando los sistemas alimentarios se debilitan, los efectos trascienden el ámbito agrícola y se trasladan rápidamente a la estabilidad económica, social y política de los países.
Los impactos recientes sobre el comercio internacional de granos y fertilizantes, así como el aumento en la frecuencia de fenómenos extremos, han evidenciado cómo los sistemas alimentarios pueden amplificar riesgos económicos y sociales cuando carecen de resiliencia estructural. Bajo esa perspectiva, la inversión en ciencia agrícola, innovación y coordinación multisectorial adquiere una dimensión estratégica.
En México, CIMMYT ha consolidado una infraestructura científica activa en 16 estados, con 46 plataformas de investigación agronómica que generan evidencia en condiciones reales de producción. Estas plataformas funcionan como espacios de colaboración donde productores, técnicos, gobiernos estatales, agroindustria y sector privado validan soluciones adaptadas a las características específicas de cada territorio.
El enfoque se basa en entender la ciencia agrícola como un bien público cuando responde a necesidades reales y cuando sus resultados son accesibles, replicables y medibles. A través de estas plataformas se desarrollan “menús tecnológicos” que integran semillas mejoradas, prácticas de agricultura regenerativa, manejo eficiente del agua y estrategias poscosecha orientadas a reducir riesgos productivos y fortalecer la rentabilidad.

En el Bajío, el proyecto Cultivando un México Mejor muestra resultados que ya están transformando los sistemas agroalimentarios. Entre 2016 y 2025, la adopción de prácticas sustentables en cultivos como la cebada permitió ahorrar más de 1.5 millones de metros cúbicos de agua. La combinación de agricultura regenerativa y riego tecnificado redujo hasta en 40% el uso de agua por hectárea y generó incrementos de rendimiento de hasta 16%, contribuyendo a la sostenibilidad económica en una región con creciente presión hídrica.
En el sureste, en colaboración con el Gobierno de Quintana Roo y organizaciones locales, se han intervenido más de 10 000 hectáreas con prácticas sostenibles y se han probado 10 innovaciones agrícolas adaptadas a las condiciones regionales. Quince organizaciones comunitarias han fortalecido su acceso a mercados formales, mientras soluciones poscosecha han reducido pérdidas hasta en 35%. Sistemas participativos y casas de semillas han contribuido a reforzar la autonomía productiva y disminuir la dependencia de insumos externos.La experiencia acumulada en México ha permitido articular una red de colaboración que integra investigación científica, políticas públicas, agroindustria y sector privado. Esta infraestructura técnica y de alianzas aborda desafíos contemporáneos de la seguridad alimentaria, como la adaptación al cambio climático, la regeneración de suelos, la eficiencia hídrica, el fortalecimiento de las cadenas de valor y la generación de datos para decisiones informadas.
En distintas regiones del país, la participación de mujeres agricultoras en procesos de capacitación técnica y liderazgo productivo ha ampliado capacidades locales y reforzado la resiliencia comunitaria. La estabilidad de los sistemas agroalimentarios depende también de la inclusión y fortalecimiento de quienes los sostienen cotidianamente.

La discusión internacional sobre seguridad alimentaria refleja una tendencia creciente a integrar agricultura, estabilidad económica y gobernanza en una misma agenda estratégica. En México, la experiencia de colaboración multisectorial y la inversión sostenida en ciencia aplicada muestran cómo esa agenda puede traducirse en soluciones concretas desde el territorio.
La resiliencia de los sistemas agroalimentarios requiere continuidad, coordinación y evidencia científica. En México, ese proceso se desarrolla con datos verificables, alianzas institucionales y soluciones codiseñadas con las comunidades rurales que producen los alimentos.
La Declaración Conjunta sobre la Resiliencia de los Sistemas Alimentarios como Defensa Estratégica profundiza en los riesgos y oportunidades que enfrentan los sistemas agroalimentarios en el contexto global actual. Consulte el documento completo aquí: Leer la declaración completa en inglés

