Está claro que lo que nos importa puede verse en cualquier puesto de revistas: “Una mirada a un puesto de periódicos cualquiera puede ayudarnos a identificar qué valores tenemos ahora y qué es lo que de verdad nos parece importante. Este kiosco, en un aeropuerto o en una estación de metro, es un microcosmos, un reflejo de la cultura en la que vivimos, que encontraríamos los mismos periódicos y revista en otras partes. No estarían ahí si no hubiera un vasto número de lectores para ellos”. Esta es la opinión de Rob Riemen en su libro, Para Combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo, (TAURUS, CDMX 2019, p.53)
Y es que hoy es muy difícil encontrar personas que le interesen cosas muy diferentes a lo que se encuentra a la mano pues buscar lo verdaderamente importante implica más esfuerzo, trabajo y molesto, pues es mejor consumir lo que está más a la mano.
¿Y qué temas están en la mente de los que poseen inmensas fortunas y que nunca se cansan de seguir llenando sus bolsillos alimentando las ambiciones ficticias de los ciudadanos de pie y que jamás estarán ni de cerca a tener nada de lo que se les ofrece?
La respuesta la ofrece Riemen: “Siempre hay un estante para revistas sobre computación y otras innovaciones tecnológicas, que revelan el interés que tenemos por la tecnología y el desarrollo tecnológico. También es habitual el estante con revistas sobre autos veloces y aún más veloces motocicletas, señal de nuestra obsesión con el tiempo y la velocidad: entre más rápido mejor. La información financiera y económica es inevitable. A un lado, las fotografías de celebridades y estrellas del espectáculo nos sonríen. Son también ya un hito, es imposible imaginar a nuestra sociedad sin ellas. Ya antes de dejar el quiosco, vemos las publicaciones que nos ofrecen lo último en estilo de vida, belleza y sexualidad”. (Riemen, pp.53-54)
Es una buena lista de los “valores” de una sociedad que cada vez se hunde más aunque irónicamente proponen lo que nunca cumplen, es una mentira sin disfraz. Esto se aplica a la tecnología, autos, motos, celebridades (por más que nos sonrían no pueden ocultar las miserias internas que enfrentan), y qué decir de la belleza y sexualidad.
Hasta dónde puede llegar el alcance de estos “valores” que son lo más parecido al humo y que se incuba en el cerebro de nuestros jóvenes y adultos. Lo que está más al alcance al no poseerlos es la frustración, la tristeza, la envidia: la pobreza me tira y el orgullo me levanta.
LOS VALORES ESPIRITUALES
He aquí la pregunta: ¿por qué conferimos tanto valor, en nuestra sociedad, a la tecnología, la velocidad, el dinero, la fama, el acicalamiento y las apariencias? Por que se nos ha inyectado hasta el tuétano el placer e ignora el bien más alto que han pulverizado los valores espirituales que le darían sentido a nuestra vida.
“Ya no hay valores espirituales absolutos, tampoco hay una medida para nuestras acciones y todo se vuelve subjetivo. Mi yo particular, mi ego, se convierte en la medida de todo y entonces lo único que importa es qué siento yo, que pienso yo. Yo insisto en que mi gusto, mi opinión, mi forma de ser deben ser respetados, de lo contrario me sentiré ofendido. El delicado ego, como media de todas las cosas, no tolera la crítica de los otros y no conoce la autocrítica. La identidad personal ya no es, tampoco, expresión de valores espirituales (¿Quién soy?), sino de materialidad: ¿qué tengo y cómo me veo? La pulsión constante a comprar y poseer no es, entonces, una manifestación de codicia, sino el deseo de tener una identidad” (Riemen, pp.54-55)
El problema entonces, es un problema de identidad, ¿quién soy? He ahí la metafísica olvidada del hombre, invertirle a mi ser más profundo, a eso se refiere la espiritualidad, al olvido de lo que no se ve, si no sólo entrando hasta lo más profundo de nosotros mismos.
LO PLACENTERO ÚNICO FILTRO
Por lo tanto, al olvidar lo espiritual, sólo nos concentramos en lo placentero y de esta manera quedamos enceguecidos: “Nuestras relaciones de pareja deben ser placenteras, nuestras amistades también, y nuestros estudios y trabajo. Queremos que nos entretengan en nuestro tiempo libre, por lo tanto los medios masivos de comunicación, los deportes, los juegos, los pasatiempos y el arte deben ser, por encima de todo, placenteros” (Riemen, p.55)
Ante esto todo lo que no sea placentero no nos importa y esto también se traduce que todo aquel que me exige o lo las cosas que implican sacrificio y dolor simplemente no se buscan, no se procurar. Y es que a la larga lo único que queda y construye el ser humano y lo que verdaderamente lo haría feliz, tiene que costarle y eso simplemente no existe: “Y cuando no nos sintamos bien nos lleva a cambiar de pareja o de trabajo, tomar una pastilla pronto hará que ese sentimiento desagradable desaparezca. Afortunadamente, estos remedios pueden comprarse y están siempre disponibles” (Riemen, p.55). De ahí la multiplicación de gimnasios, farmacias, aplicaciones de citas, viajes a lugares paradisiacos a bajo costo, cosas que: “porque Usted se lo merece”. Fuera el dolor.
LOS ECONOMISTAS: NUEVOS SACERDOTES DE NUESTRA ERA
Hoy nos hemos vuelto ciegos a lo más importante, aquello que en realidad nos darían identidad y que la hacen digna de ser vivida.
Riemen dice que los economistas se han vuelto los nuevos sacerdotes de nuestra era, lo único que cuenta es el dinero aunque sabemos que: “los números nunca son los suficientemente grandes. Y esta es la razón por la que nuestra sociedad se encuentra sumida en el caos. Andamos a la deriva, arrastrados y empujados por nuestros propios deseos y ansiedades” (Riemen, p.100)
Los ritos de estos nuevos sacerdotes que son los economistas hacen ritos mágicos que jamás llegan a los más necesitamos, como que su dios jamás los escucha aunque, como los sacerdotes de Baal gritan, y sus oraciones frenéticas jamás han podido hacer que llueva parejo o ni siquiera llueva, pero seguirán atrayendo a miles de personas ante una falsa esperanza de dinero.
El caos tiene nombre: carencia de valores espirituales.

