sencia: La política en Zacatecas se convirtió en un candelero donde el apellido Monreal funciona, simultáneamente, como un desgaste estructural. Al observar el actual panorama surge la interrogante sobre si esta dinastía política aún logra redituar electoralmente o si su capital se erosionó tras décadas de hegemonía. La realidad es compleja: mientras David Monreal intenta cerrar su administración bajo la narrativa del “Año del Progreso” en 2026, la percepción pública se enfrenta a la cruda estadística de inseguridad y a un sentimiento de fatiga social. El “monrealismo” ya no es la fuerza monolítica de 1998 cuando logró derrotar al gobernador cetemista Arturo Romo y lograr la primera alternancia hoy debe negociar su permanencia no solo con los adversarios externos, sino con las nuevas reglas éticas y políticas que emanan desde el centro del país. Peso: La rentabilidad de los Monreal está bajo la lupa, pues el electorado zacatecano mostró que, aunque respeta las tradiciones de liderazgo, su paciencia tiene límites definidos por la paz que no termina de llegar y una economía que camina a paso lento.

Escenario: El 2027 abre la puerta a una posibilidad que antes parecía remota: la aparición de nuevos aspirantes dentro de Morena que no pertenezcan al clan de Fresnillo. El veto al nepotismo impuesto por la dirigencia nacional y respaldado por la presidencia de la República encontró un obstáculo reglamentario directo sobre figuras como el ex edil de Fresnillo y Senador Saúl Monreal, quien debió matizar sus aspiraciones para el 2027 ante la prohibición de que familiares directos sucedan a los gobernadores en funciones. Este vacío legal y político comienza a ser considerado por cuadros emergentes, funcionarios del gabinete estatal que mantienen un perfil técnico y figuras del movimiento que operan desde la sombra del anonimato. La pregunta no es solo si hay otros nombres, sino si estos tendrán la autonomía suficiente para construir un proyecto propio que no sea visto como una extensión del actual gobierno. La militancia zacatecana empieza a barajar nombres de secretarios estatales, legisladores locales y líderes sociales que buscan representar una “tercera vía” dentro de la misma Cuarta Transformación al intentar desmarcarse de la etiqueta familiar para conectar con un electorado que demanda renovación de rostros y de métodos.
Aspirantes: A la par de la efervescencia interna de Morena, la oposición encontró en la capital del estado un bastión de resistencia que desafía la narrativa de la continuidad oficialista. Miguel Varela Pinedo, el actual alcalde de Zacatecas, se erigió como la figura más visible y con mayor potencial para sumar el descontento hacia el gobierno estatal. Su victoria,ñ sostenida con uñas en los tribunales frente a intentos de anulación, le otorgó legitimidad que trasciende al municipio. La oposición se pregunta si puede ganar la gubernatura de la mano del alcalde capitalino, y la respuesta parece depender de su capacidad para trascender la zona urbana y conectar con el Zacatecas rural y profundo. Varela capitalizó temas sensibles, como la oposición a megaproyectos de infraestructura que ponen en riesgo el patrimonio histórico, posicionándose como un contrapeso real. Sin embargo, el reto para la coalición opositora radica en demostrar que pueden ofrecer un modelo de seguridad y desarrollo que no sea simplemente la antítesis del monrealismo, sino una alternativa viable de gobernanza para un estado que se siente abandonado por sus élites.
Perspectiva: Hablar de Zacatecas implica abordar la inseguridad, una entidad que muchos ciudadanos describen con desolación como un territorio perdido ante el narcotráfico. Esta percepción no nace de la retórica política, sino de una geografía del horror donde municipios como Fresnillo ocupan sistemáticamente los primeros lugares nacionales en percepción de inseguridad. La razón detrás de esta etiqueta de “entidad perdida” reside en la ubicación estratégica del estado; Zacatecas es el “Upside Down” de la logística criminal, un nodo geográfico donde convergen las rutas que conectan el centro de México con la frontera norte. Esta posición privilegiada para el tráfico de drogas convirtió al estado en un campo de batalla permanente entre el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación. El control territorial de los grupos delictivos llegó a tal grado que comunidades enteras fueron desplazadas, dejando tras de sí pueblos fantasmas donde la ley no la dicta el Estado, sino el comando armado de turno. La sensación de que el gobierno estatal es incapaz de recuperar el control alimenta la idea de que la soberanía se fragmentó dejando a la población a merced de una “mente colmena” criminal que opera con total impunidad.
Así lo dice La Mont

