27 Feb 2026, Fri

MARCOS H. VALERIO Atalo Mata Othón, Entrevista exclusiva CHARLAS DE TABERNA/ LATITUD MEGALÓPOLIS

Cada jefe, colega o amigoson mis maestrosCon esa sonrisa franca que lo caracteriza y la calidez de quien abraza la vida como un regalo constante, Atalo Mata Othón se sienta frente a la cámara en Latitud Megalópolis y, sin poses ni protocolos, abre el corazón.“Hola, ¿qué tal, amigos? Estoy aquí muy contento… Gracias por estar conmigo. Yo soy su servidor, Atalo Mata Othón”. No hay grandilocuencia. No hay alardes de trayectoria —aunque lleva más de 25 años en el oficio, egresado de la Carlos Septién García, reportero incansable, conductor en radio y televisión del Grupo Imagen, receptor incluso del Pergamino a la Libertad de Expresión—. Lo que hay es gratitud pura.“Todo el que he trabajado, con el que me he acercado, ha sido mi maestro”, dice, y la frase resuena como un manifiesto personal. No elige a uno. No señala un nombre estelar como “el” referente.En su mirada caben todos: Francisco Zea, Paola Rojas, Joaquín López-Dóriga, Carlos Loret de Mola, Lolita Ayala, Pedro Ferriz de Con, Julieta Lujambio… “De todos ellos he tenido algo de inspiración y he aprendido muchísimo”.Porque para Atalo la vida no es una escalera de peldaños solitarios, sino un tejido vivo.“Creo que todos tenemos un talento y en algún momento, por algo, se te atraviesan en un instante de la vida”.Un jefe en un pasillo, un compañero en una cobertura nocturna, un director que corrige un guion a las tres de la mañana: Cada uno, a su modo, ha sido maestro.Y luego, con la voz un poco más baja, casi como confidencia, llega el origen de todo: “No puedo dejar de decirlo… mi papá, finalmente, fue el culpable de que yo haya tenido este gusto y haya incursionado en los medios”.Ahí está el nudo emotivo. El primer locutor que escuchó de niño, el profesional de la voz que le enseñó el poder de la palabra bien dicha, el hombre que, sin saberlo quizá, sembró en un pequeño potosino nacido la semilla que hoy florece en noticieros, micrófonos y coberturas.Hasta menciona, con nostalgia risueña, aquellas “chiquilladas” de la televisión de antaño: Carlitos Espejel, Ginny Hoffman… “Estuve en esa época”. Como si quisiera decir: empecé siendo espectador, y terminé siendo parte del cuento.Atalo no romantiza el periodismo. Sabe que es sudor, madrugadas y responsabilidad.Pero en su relato no hay amargura, sino reconocimiento: cada persona que pasó por su ruta le regaló algo. Una técnica, una ética, una forma de mirar, un consejo a media voz.“Me gusta tomar inspiración de la vida, ¿no?”, resume, y esa sencilla interrogación encierra una filosofía entera.Por eso, cuando termina la charla y saluda con ese “estoy muy contento y gracias por estar aquí conmigo”, no suena a despedida de conductor. Suena a alguien que, después de tantos años frente a la noticia, sigue maravillado de poder contarla… y, sobre todo, de haber aprendido de quienes la contaron antes que él.Porque para Atalo Mata Othón, el periodismo no es solo informar: Es agradecer, reconocer y seguir aprendiendo. Siempre. De todos. Como en la vida misma.MARCOS H. VALERIOCHARLAS DE TABERNA

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