Polvo somos: regenerar el suelo para asegurar el futuro
julio 7, 2026




Más de la mitad del territorio mexicano presenta algún grado de degradación del suelo. En el Día Internacional de la Conservación del Suelo, la evidencia científica confirma que recuperarlo es indispensable para garantizar agua, alimentos y resiliencia frente al cambio climático.Emma Castolo Calderón, participante del Diplomado en Agricultura Regenerativa de CIMMYT, integra el equipo técnico que acompaña la implementación del programa federal Cosechando Soberanía. A través de capacitación basada en evidencia científica, promueve la adopción de prácticas que regeneran el suelo y fortalecen la resiliencia de los sistemas de producción.
Texcoco, Estado de México, 7 de julio de 2026. La palabra suelo proviene del latín solum. Humus, término asociado a la tierra y origen del nombre de la materia orgánica que da fertilidad al suelo, comparte la misma raíz etimológica que humano. La relación no es una simple curiosidad lingüística. Expresa una realidad que la ciencia ha confirmado durante décadas: la salud de las sociedades depende de la salud del suelo.
Durante buena parte del siglo pasado, el suelo fue entendido principalmente como el soporte donde crecen los cultivos. Hoy se reconoce como uno de los sistemas vivos más complejos del planeta. En esa delgada capa de la superficie terrestre ocurre una intensa actividad biológica donde millones de bacterias, hongos, insectos y otros organismos reciclan nutrientes, transforman materia orgánica, regulan el movimiento del agua y participan en el almacenamiento de carbono. Buena parte de lo que ocurre en una cosecha comienza mucho antes de la siembra.
El suelo también sostiene funciones que trascienden la agricultura. Filtra el agua que recarga los acuíferos, almacena una de las mayores reservas de carbono terrestre y alberga cerca de una cuarta parte de la biodiversidad del planeta. Cuando este sistema pierde funcionalidad, las consecuencias alcanzan simultáneamente la productividad agrícola, la disponibilidad de agua, la estabilidad de los ecosistemas y la capacidad de responder al cambio climático.La cobertura del suelo y la reducción de la labranza favorecen la formación de agregados estables, mejoran la infiltración y retención de agua y fortalecen la actividad biológica del suelo. Estas prácticas son fundamentales para construir sistemas agrícolas más resilientes frente al cambio climático.
La Línea Base Nacional sobre Degradación de Tierras y Desertificación estima que el 56.7 % del territorio mexicano presenta algún grado de degradación. De manera paralela, la información del INEGI muestra que la erosión hídrica afecta más de un millón de kilómetros cuadrados del país. Cada temporada de lluvias puede arrastrar una parte del suelo que tardó siglos en formarse, reduciendo su fertilidad, su capacidad para infiltrar agua y su potencial para almacenar carbono, además de provocar la pérdida de nutrientes que los productores han incorporado a los cultivos.
La degradación responde a múltiples factores que interactúan entre sí: la pérdida de cobertura vegetal, la deforestación, el sobrepastoreo, el manejo inadecuado del suelo y los efectos del cambio climático. Sus consecuencias no se limitan a menores rendimientos agrícolas.
También incrementan la vulnerabilidad frente a sequías e inundaciones, aumentan el riesgo de derrumbes, reducen la disponibilidad de agua y debilitan los procesos biológicos que sostienen la producción de alimentos.
Durante años, la salud del suelo se evaluó principalmente mediante sus propiedades físicas y químicas. Hoy la ciencia también puede medir los procesos biológicos que determinan su funcionamiento. Esa nueva generación de indicadores permite identificar cuándo un suelo comienza a recuperar su capacidad para infiltrar agua, reciclar nutrientes, almacenar carbono y sostener comunidades diversas de microorganismos e invertebrados, como lombrices e insectos, incluso antes de que esos cambios se reflejen en la productividad de los cultivos.La salud del suelo es la base de sistemas agroalimentarios resilientes. A través de prácticas sostenibles y ciencia aplicada, agricultores e investigadores trabajan para restaurar la tierra y enfrentar los efectos de la desertificación en México y Centroamérica.
La investigación desarrollada por CIMMYT y sus socios demuestra que esa recuperación es posible. Plataformas de investigación de largo plazo han permitido evaluar cómo evolucionan los suelos bajo distintos sistemas de manejo e identificar las prácticas con mayor potencial para mantener y restaurar su funcionamiento. La agricultura de conservación, la cobertura permanente del suelo, el uso de abonos verdes, la diversificación de cultivos y la incorporación de leguminosas fortalecen progresivamente la actividad biológica, mantienen un reservorio de nutrientes, protegen el suelo contra la erosión hídrica y eólica, favorecen la acumulación de materia orgánica y mejoran su capacidad para infiltrar agua y reciclar nutrientes.
Las leguminosas representan uno de los ejemplos más claros de cómo la ciencia puede traducirse en soluciones. Gracias a su asociación natural con bacterias fijadoras de nitrógeno, contribuyen a restaurar la fertilidad del suelo, reducir la dependencia de fertilizantes sintéticos y fortalecer la resiliencia de los sistemas agrícolas cuando forman parte de rotaciones o asociaciones con cultivos como maíz, trigo y otros cultivos.
La importancia de estos resultados trasciende las parcelas experimentales. La regeneración del suelo dejó de ser una aspiración para convertirse en un proceso respaldado por evidencia científica. Comprender qué prácticas funcionan, bajo qué condiciones producen mejores resultados y cómo pueden adaptarse a diferentes regiones constituye una herramienta estratégica para orientar políticas públicas, fortalecer la toma de decisiones y acelerar la transición hacia sistemas agroalimentarios más resilientes.Distribución de los grados de degradación del suelo en México. La cartografía muestra áreas con degradación ligera, moderada, fuerte y extrema, evidenciando la magnitud del desafío para la conservación del suelo y la producción sostenible de alimentos.
La agricultura enfrentará en las próximas décadas el desafío de producir más alimentos con menos agua y bajo condiciones climáticas cada vez más variables. Ninguna innovación alcanzará plenamente su potencial si el sistema natural que sostiene toda producción continúa degradándose. Invertir en la ciencia del suelo significa invertir en la capacidad de producir alimentos, conservar el agua, fortalecer los servicios ecosistémicos, aumentar la resiliencia frente al cambio climático y proteger uno de los patrimonios naturales más importantes del planeta. Con esa visión, CIMMYT impulsa en México y Centroamérica un modelo de Clústeres de Agroinnovación y una red de ensayos a largo plazo, que articula a productores, empresas, gobiernos, instituciones de investigación y otros actores del sector agroalimentario para acelerar la adopción de soluciones basadas en ciencia que contribuyan a conservar y regenerar los suelos y fortalecer la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.
«Polvo somos y al polvo volveremos» suele interpretarse como una reflexión sobre el origen y el destino de la vida. Hoy, la ciencia permite darle un significado adicional. El futuro de la agricultura, de la seguridad alimentaria y de los ecosistemas dependerá, en buena medida, del estado del suelo que decidamos conservar y regenerar.










