Memorias de reportero
El heredero del Sha de Irán
Carlos Ortiz Moreno
A finales de los setenta, el reportero Jesús Brito y el fotógrafo René DeBotton, ambos de El Sol de México, cubrían la fuente de espectáculos en Acapulco. Su labor consistía en visitar aquellas discotecas que le dieron fama mundial a este destino turístico y cronicar las noches increíbles que pasaban personajes de fama mundial.







Al Armando’s Le Club, Boccaccio, Baby’O o al Tiffany’s acudían James Brown, Gloria Gaynor, Donna Summer, el grupo estadounidense Chic (habían sufrido la discriminación en su propio país y optaron por venir a presentar su éxito mundial Le Freak al Armando’s), entre muchísimos más. Eran los momentos de mayor despegue de la música disco.
Cuando estábamos en la transmisión de las noticias para el entonces Distrito Federal donde estaba la sede de los talleres de El Sol de México y la Organización Editorial Mexicana, llegaron ambos reporteros que llamábamos los chilangos. Venían entusiasmados por la información que traían en manos.
Apenas semanas atrás El Sol de Acapulco había publicado en sus planas una historia que se volvió mundial, hoy le dicen viral. Los reporteros Carlos Ortiz Ortiz, mi padre, y los fotógrafos Eduardo Sánchez y Miguel Aceves habían exhibido una mansión que estaban modernizando en la zona residencial de Las Brisas.
El finado fotógrafo Eduardo Sánchez llegó a la redacción de El Sol de Acapulco con material gráfico que había obtenido en una parte de la zona residencial de Las Brisas. Palabras más, palabras menos, Lalo llegó mostrando unas fotografías sobre una enorme residencia que estaba siendo reconstruida y remodelada en Acapulco para un personaje de fama mundial.
El material poco convenció al director del periódico, Mauro Jiménez Mora, al jefe de redacción, Arturo Parra Zúñiga y al jefe de información, Carlos Ortiz Ortiz. El jefe de fotografía de la editora y cuñado de Lalo fue a investigar más a fondo sobre esas fotografías. Miguel Aceves se llevó tremenda sorpresa.
Al entrar a la propiedad, encontró a un grupo de trabajadores que le dibujaron todo: construían una inmensa residencia que incluía un número indeterminado de habitaciones, una discoteca interna para 400 invitados y habría hasta cuatro frigoríficos para carnes rojas, blancas, verduras y pieles.
La enorme residencia contaba también con un helipuerto en donde fácilmente podrían aterrizar hasta dos helicópteros.
¿Y quién era ese personaje? Nada más ni nada menos que Mohamed Reza Pahlevi, el Sha de Irán, quien en enero de 1979 prefirió huir de Irán antes de caer en las manos de aquellos montoneros revolucionarios islámicos.
La nota se difundió no solamente en El Sol de Acapulco sino en la cadena de 60 periódicos de la Organización Editorial Mexicana que estaba en proceso de ser adquirida por los hermanos empresarios Mario y Olegario Vázquez Raña siendo finalmente el primero de los nombrados quien se agandalló con la super empresa periodística.
Y del ámbito nacional, la nota se convirtió en tema internacional. El Sha de Irán había sido depuesto en su país por las fuerzas revolucionarias que pelearon una guerra intestina y ganaron, con mucha sangre derramada, el poder. Entonces emprendió la huida hacia un sitio seguro y así el Sha y su séquito consideraron al puerto de Acapulco como la sede de su nueva residencia.
El escándalo periodístico escrito por Carlos Ortiz Ortiz y Miguel Aceves al descubrir una posible residencia en el cerro de Las Brisas tiró las intenciones del depuesto Sha de Irán quien ya había sufrido el desprecio de mandatarios de otros países que prefirieron no darle asilo. Tras rechazar su estadía en Acapulco, finalmente se fue a Cuernavaca, Morelos.
Esa tarde de julio 1979, Chucho Brito y René De Botton llevaban las más amplias de sus sonrisas por “la nota de ocho” que traían en sus rollos.
—Traemos la de ocho… paren máquinas, gritó con una sonrisa de lado a lado de su cara el buen Chucho Brito…
Todos nos quedamos de a seis… sabíamos que ese par de reporteros sí traían algo relevante…
Y Chucho comenzó a contar la historia:
—Nos dijeron que el príncipe heredero de Irán llegó a Acapulco…
Sí, ese príncipe era, nada ni nada menos, Reza Ciro Pahlavi quien anduvo aquí, hospedado en el hotel Acapulco Princess. Con apenas 17 años, el heredero había decidido conocer esta hermosura del Pacífico mexicano.
—Lo buscamos en Armando’s Le Club y nos dijeron que había estado una noche atrás. Fuimos al Boccaccio y ahí nos dijeron que no había llegado, pero lo esperaban. Fuimos al Tiffanys y ya había estado ahí, pero se salió con muchos militares vestidos de civil. Ahí supimos que estaba hospedado en ese hotel. En el Baby’O también lo esperaban, pero no había llegado… Andábamos tristes porque estábamos seguros que no íbamos a tener suerte esa noche. En cada discoteca les pedimos a los gerentes que, por favor, nos avisaran y les daríamos una propina importante.
—Y luego, ¿qué pasó?, increpó a gritos Carlos Ortiz Ortiz el jefe de información (vale que ni gritaba mi padre).
—Pues ya nos íbamos al hotel a descansar, al Club del Sol, y aquí en el Plus One nos llamó la atención que había muchas camionetas Ford Bronco y algunos Oldsmobile estacionados que hacían pensar que había alguien importante. Y nos metimos. Vimos gente militar vestida de civil en la puerta.
—Se nos quedaron viendo y más a René porque llevaba las cámaras colgando en el brazo. Uno de esos señores, con corte de pelo tipo militar, le pidió a René que no tomara fotografías en la pista de baila. Y le dijimos que sí. Obviamente era para deshacernos de ellos.
Y René de Botton, contra todas las prohibiciones, comenzó a tomar diversas fotografías a mujeres, hombres, parejas. Dirigió su lente a la pista, a la cabina de sonido, a los baños, a todos lados.
Rápidamente se acercaron más hombres que, ahí los detectaron los reporteros de El Sol de México, andaban armados. Claro, eran elementos del Estado Mayor Presidencial. Jesús Brito vio una insignia militar en el hombro de uno de los hombres armados.
—¡Les dijeron que no tomaran fotografías! ¿Qué no entendieron?
Y se armó el borlote porque quisieron arrebatarle el equipo de fotografía a De Botton. Como pudo, al fin era de estatura baja, pudo zafarse y correr hacia la salida para subirse a un taxi y huir.
En la puerta, Chucho Brito contenía los empujones de los elementos del Estado Mayor Presidencial.
Y escupió la pregunta:
—Pues ¿a quién están cuidando tan rabiosamente? ¿Es el presidente de la República?
Y la respuesta del militar mexicano fue más que repugnante:
—¡Es alguien más importante que el presidente de la República!
Otro grupo del EMP sacó al príncipe heredero. La situación se calmó. Y ahí dejaron solo a Brito.
Esa respuesta del integrante del Estado Mayor Presidencial provocó el enojo tanto del director Don Mauro Jiménez Mora y de Carlos Ortiz Ortiz. No daban crédito que un integrante del Ejército mexicano haya dicho eso.
Al día siguiente, ambos llegaron a la redacción con una serie de fotografías a color. Entre todas esas impresiones se encontraba una. Era un joven que admiraba la belleza interior de la discoteca y que, aparentemente, llevaba el ritmo de la música que escuchaba.
La Organización Editorial Mexicana replicó la nota y la fotografía de ambos reporteros. Fue una nota de carácter nacional y… obviamente… se convirtió en un hitazo periodístico internacional.
El gobierno de José López Portillo intentó hacerle frente a la cuasi crisis y escándalo diplomáticos. Era, hay que reconocerle, un mago en el manejo de la comunicación con su política populista, un prestidigitador.
A los pocos días inventó una gira al puerto de Acapulco, fue a visitar el islote de La Roqueta y, desafiando a sus acompañantes, les retó a ver quién aguantaba llegar a la cima, allá en el faro. Y con grandes zancadas, Jolopo caminó y silbaba al mismo tiempo. Sonriente, veía de reojo como los viejos políticos se quedaban muy atrás de él.
Al llegar al pie del faro contempló la belleza del Acapulco que luego fue bautizado como Acapulco tradicional. Era la zona de Caleta y Caletilla, la zona de las playas históricas.
Al llegar al pie del faro contempló la belleza del Acapulco que luego fue bautizado como Acapulco tradicional. Era la zona de Caleta y Caletilla, la zona de las playas históricas.
El Sha de Irán llegó a México el 11 de junio de 1979 con su familia —su tercera esposa Farah Diba y su hijo Mohamed— recibiendo asilo político del gobierno de José López Portillo. Se estableció en una casa en la colonia Palmira, en la Privada del Río, un área residencial exclusiva de Cuernavaca, Morelos.
A pesar de su exilio, mantuvo un alto nivel de vida, con seguridad personal y visitas frecuentes a lugares icónicos de Cuernavaca como el Racquet Club y restaurantes de lujo. Su hijo vino a vacacionar tres días al puerto de Acapulco a conocer sus discotecas y su enorme y hermosa bahía natural.
En octubre de 1979, el Sha dejó Cuernavaca con destino a Estados Unidos para recibir tratamiento médico por la leucemia que padecía. El mal era algo irremediable.
El 27 julio de 1980 murió en El Cairo, Egipto.
Siempre se dijo que tras esa familia pesaba una maldición. Los hijos menores del Sha y Farah, Alí y Leila, se suicidaron. Solamente quedó el hermano mayor, llamado el heredero del Sha.
Hoy ese mismo joven que hace casi 50 años bailaba en Plus One Acapulco, se puede leer en todos los medios internacionales, continúa haciendo llamados a que los iraníes peleen por la libertad que los grupos islámicos les quitaron cuando derrocaron los 40 años de gobierno de su padre el Sha de Irán.
Hoy ese mismo joven que hace casi 50 años se deleitó en las discotecas de Acapulco casi ruega al gobierno de Estados Unidos para que el ejército norteamericano ya entre en operación en Irán y derribe, de una vez por todas, el gobierno islámico que corrió a sus padres de esa tierra.
Cosas de la vida.
