VELA O FUEGOPbro. JORGE AMANDO VÁZQUEZ RODRÍGUEZLa pregunta sería Cómo amar el viento.“El viento apaga una vela y aviva el fuego”, esta es la propuesta de Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden, (PLANETA, 2024), o dicho en otras palabras, cómo afrontar la adversidad a nuestro favor, aunque suene contradictorio.El neologismo Antifrágil es difícil de definir puesto que si buscamos un antónimo este sería la palabra: robusto, y esto es precisamente es lo que no es lo antifrágil, porque la ley de la vida es reconocer que somos vulnerables y estamos sujetos a la volatilidad, a lo cambiante y contingente aunque nos cueste admitirlo.Todo el libro de Taleb está impregnado de hacernos entender que por más que prevengamos y programemos nuestras actividades, ya sean económicas, políticas, educativos y lo más importante nuestra propia vida siempre habrá aspectos que nunca seremos capaces de prever. Tenemos que ser conscientes que hoy por hoy la sociedad no tolera vivir en el riesgo que nos amenaza, mucho menos sentirnos vulnerables, queremos blindarnos de cualquier imprevisto para no sentir el escarnio del juicio público y pasar por la vida como un fracasado. Así nace la cultura de la apariencia y la mediocridad.La propuesta de Taleb consiste en amar el viento: “Queremos ser el fuego y desear el viento. Así de resume la actitud indócil ante lo aleatorio y lo incierto. No queremos limitarnos a sobrevivir a la incertidumbre, a ir tirando sin más. Queremos sobrevivir a ella y, además, como ciertos estoicos romanos de fuerte carácter, queremos tener la última palabra. El objetivo es domesticar, caminar, conquistar incluso, lo oculto, lo opaco, lo inexplicable”, (Taleb, p.25).Nos cabe esta pregunta: ¿Hoy quién desea el viento? O sea, la adversidad, que no es que la deseemos como tal sino que llega, muchas veces de improviso, sin estar invitada se presenta en nuestra vida y causa caos, o destrucción sin ni siquiera avisarnos. Sin el afán de ponernos místicos, se le denomina: la noche obscura.ANTIFRAGILIDADTaleb aclara que la antifragilidad es más que resiliencia o robustez, lo resiliente aguanta los choques y sigue igual, lo antifragil mejora, “esta propiedad se halla detrás de todo lo que ha cambiado con el tiempo: la evolución, la cultura, las ideas, las revoluciones, los sistemas políticos, la innovación tecnológica, el éxito cultural y económico, la supervivencia empresarial, las buenas recetas de cocina (como el caldo de pollo o el bistec tártaro con una gotas de coñac), el ascenso de ciudades, las cultura, los sistemas legales, los bosques ecuatoriales, las bacterias resistentes… incluso nuestra existencia como especie en este planeta”. (Taleb, pp.25-26)Lo mejor que ha ido quedando en la historia y en la propia vida es fruto de la antifragilidad. Tal vez no sabíamos darle nombre a eso que nos pasó y que no queríamos aceptar y tampoco creíamos que nos sucedería y que en muchos momentos lamentamos que nos haya pasado, pero sin embargo sucedió e irrumpió en nuestra existencia.La obra de Taleb tendría que ser para muchos de nosotros como un tanque de oxígeno que nos ubique en nuestra realidad tan cambiante que nos ha metido en una ruta de intolerancia y nuestra fragilidad, -que se expresa en la metáfora de la vela que es incapaz de resistir el seguir encendida ante la fuerza del viento-, se vuelve insufrible, por eso cuando llegan los problemas o nuestros errores, nos derrumban e inmediatamente viene a la mente el por qué de nuestra existencia y, en no pocos casos, el suicido, o abandono de empresas y proyectos que, con un poco de resistencia podrían ser coronados con un buen fin.ACTUAR O PENSARAsí el antifrágil: “adora los errores, una clase determinada de errores. La antifragilidad tiene la singular propiedad de permitirnos afrontar lo desconocido de hacer cosas sin entenderlas, en gran medida somos mejores actuando que pensando. Prefiero mil veces ser tonto y antifrágil que muy listo pero frágil” (Tabeb, p.26)Entiendo que, en gran parte de nuestra vida, nos vamos a equivocar y ser tontos, que aunque sabemos que de los errores se aprende, para muchos es mejor no tenerlos que aprender.Evitar la antifragilidad, -algo imposible-, parecería que es la tarea de los padres de familia en la modernidad: “Esta es la tragedia de la modernidad: al igual que los padres tan sobreprotectores que rozan la neurosis, quienes más nos intentan ayudar son quienes más nos acaban perjudicando” (Taleb, p.27) No existe un entrenamiento real para la vida, sino sólo el modelo “prueba-error”, así como para la gran mayoría de las actividades laborales, economía o política.Parecería que la consigna: “quiero vivir en un mundo que no entiendo” es la que está rigiendo la mayoría de las vidas, un perfecto autoengaño que engorda los bolsillos de los demás, pues nuestra fragilidad justifica todo lo que nos venden al por mayor: coches más seguros, casas más seguras, seguro de coche, de vida; la video-vigilancia, los gimnasios que “venden salud”, alimentos “sanos”, y un muy largo etcétera, es lo que llena las pantalla de televisión y redes sociales, que a la larga quién te garantiza que son verdad, y por lo mientras ya te fastidiaron la vida, porque: “la mente convierte la historia en algo uniforme y lineal y hace que subestimemos el azar” (Taleb, p.29)El azar es una realidad tangible, hasta ahora no podemos librarnos de ello y decir lo contrario obedecería sólo a intereses económicos que justificaría sus grandes ganancias de nuestra ingenuidad.Lo dicho anteriormente se podría llamar: fenómeno “fragilista y se puede definir así: El fragilista (ya sea médico, economista o planificador social) es alguien que nos hace partícipes de políticas y actuaciones todas ellas artificiales, donde los beneficios son pequeños y visibles, y las repercusiones o los efectos secundarios son potencialmente graves e invisibles” (Taleb, p.33)La pregunta sigue en el aire, qué quieres ser: vela o fuego.
Pbro. JORGE AMANDO VÁZQUEZ RODRÍGUEZ *Vela o fuego. La pregunta sería Cómo amar el viento*










