Por Berta Castro
Durante gran parte de la historia política de Guerrero era prácticamente imposible hablar del gobierno sin hablar del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Durante más de siete décadas, el priismo no solo administró el poder, diseñó las reglas de la competencia política, construyó las principales instituciones estatales y formó a generaciones enteras de servidores públicos y liderazgos regionales. Su presencia era tan amplia que gobernar y ser PRI parecían conceptos inseparables.
El punto de inflexión llegó en 2005, cuando el PRI perdió por primera vez la gubernatura del estado. Aquella derrota no representó únicamente una alternancia electoral; marcó el fin de un modelo político que había dominado Guerrero durante más de setenta años. A partir de entonces, el partido dejó de competir desde el poder y comenzó el complejo proceso de aprender a ser oposición.
En 2026 el PRI conserva presencia institucional en Guerrero. Mantiene representación en el Congreso del Estado, participa activamente en el debate legislativo y continúa reorganizando sus estructuras municipales bajo una dirigencia encabezada por Alejandro Bravo Abarca y Ma. del Pilar Vadillo Ruiz. Asimismo, busca posicionarse como una oposición crítica frente al gobierno de Morena mediante iniciativas legislativas, denuncias electorales y la reconstrucción de su estructura territorial.
La diferencia con sus mejores años resulta evidente. Antes, el PRI organizaba la competencia política, hoy participa en ella desde una posición de minoría. Antes imponía el ritmo del debate público; hoy responde a una agenda marcada principalmente por quienes gobiernan. Antes representaba la estabilidad del sistema, hoy enfrenta el desafío de convencer a nuevas generaciones de electores que no conocieron aquella etapa de hegemonía y que juzgan a los partidos por sus resultados presentes, no por su historia.
Guerrero también se convirtió en uno de los escenarios que más contribuyeron al desgaste de la imagen nacional del PRI. Durante décadas, el estado fue identificado por la presencia de grupos políticos con una marcada vocación caciquil, donde el poder se concentraba en liderazgos regionales capaces de influir en la vida política, económica y social de amplias zonas del territorio. Esa forma de ejercer la política, basada en relaciones de control, clientelismo y predominio de grupos familiares o regionales, terminó proyectando hacia el ámbito nacional una imagen que contrastaba con el discurso modernizador que el propio PRI intentaba construir.
Aunque el fenómeno del caciquismo no fue exclusivo de Guerrero ni patrimonio exclusivo del PRI, en el imaginario colectivo el estado terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos de esas prácticas políticas. Esa percepción contribuyó a alimentar el descrédito de un partido que, conforme avanzaban las exigencias democráticas del país, encontraba cada vez más difícil justificar formas tradicionales de ejercer el poder.
En Guerrero, el principal problema del priismo no radica únicamente en competir contra Morena, sino en resolver las contradicciones que arrastra desde hace décadas y que aún hoy condicionan su futuro político.
La primera amenaza proviene del interior del propio partido. El PRI continúa siendo percibido como una organización donde el relevo generacional avanza con lentitud y donde las decisiones estratégicas siguen dependiendo, en gran medida, de un reducido grupo de liderazgos tradicionales.
Aunque la renovación de la dirigencia estatal mediante voto directo de la militancia buscó enviar una señal de apertura democrática, el reto de fondo permanece, construir nuevos liderazgos con identidad propia y no únicamente relevos de los grupos políticos que históricamente han controlado al partido.
A ello se suma un problema aún más profundo, la identidad política del PRI. Durante décadas, el partido gobernó desde el poder, hoy debe aprender a competir desde la oposición. Sin embargo, ese proceso de adaptación no ha terminado de consolidarse. En diversos momentos, el discurso priista oscila entre defender el legado de sus gobiernos y reconocer que muchas de las prácticas asociadas al viejo régimen fueron precisamente las que provocaron el rechazo ciudadano. Esa ambigüedad dificulta conectar con un electorado que exige autocrítica, propuestas y una narrativa distinta.
La disminución de su capacidad organizativa. La pérdida constante de militantes, la reducción del financiamiento público y la menor presencia territorial limitan su margen de maniobra frente a procesos electorales cada vez más competitivos. Mantener estructuras partidistas resulta hoy mucho más costoso que durante su etapa de partido dominante, y esa realidad obliga al PRI a administrar recursos más limitados mientras enfrenta adversarios con una mayor capacidad de movilización política.
Pero quizá la amenaza más delicada no proviene de otro partido, sino de la memoria colectiva. Para una parte importante de la ciudadanía guerrerense, el PRI continúa asociado a prácticas como el caciquismo, el corporativismo, el clientelismo y la concentración del poder en grupos políticos regionales. Aunque muchas de esas dinámicas también pueden encontrarse hoy en otras fuerzas políticas, el peso histórico recae con mayor fuerza sobre el priismo, cuya permanencia durante más de siete décadas en el gobierno hizo que esas prácticas quedaran profundamente vinculadas a su identidad pública.
Existe además un fenómeno generacional que el PRI no puede ignorar. Miles de jóvenes que votarán en 2027 crecieron en un Guerrero donde el PRI nunca gobernó el estado. Para ellos, el partido no representa la estabilidad institucional que evocan generaciones anteriores, sino una referencia histórica lejana, construida más por los relatos sobre corrupción y abuso de poder que por experiencias propias de gobierno. En términos políticos, el PRI enfrenta el desafío de conquistar a un electorado que no tiene vínculos emocionales con su historia y que evalúa a los partidos bajo criterios completamente distintos.
Después de casi un siglo de existencia, el partido conserva una estructura organizativa que pocos institutos políticos pueden presumir. La renovación de su dirigencia estatal para el periodo 2026-2030, mediante un proceso interno previsto en sus estatutos, refleja que mantiene órganos de dirección, mecanismos de organización y presencia territorial que le permiten seguir operando en las ocho regiones del estado.
Un elemento que puede jugar a su favor es la creciente fragmentación del espacio opositor a nivel nacional y estatal. La aparición de nuevas expresiones políticas y el reacomodo constante de liderazgos han dispersado el voto inconforme y han abierto un escenario en el que ninguna fuerza distinta al grupo gobernante puede asumir, por sí sola, la representación de toda la oposición. En ese contexto, un partido con presencia territorial, experiencia en negociación y capacidad para construir acuerdos conserva margen para recuperar relevancia política, aun cuando su fuerza electoral sea menor que en el pasado.
En términos de gobierno y representación, el PRI conserva pocos espacios de alto impacto en Guerrero, pero algunos siguen siendo políticamente relevantes por el peso económico, administrativo y regional de los municipios que gobierna.
Empezando con Chilpancingo encabezado por Gustavo Alarcón Herrera, es el cargo de mayor relevancia política que actualmente ostenta el PRI en Guerrero, al ser la capital del estado y la sede de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Gobernar Chilpancingo coloca al partido en el centro del debate público estatal y le brinda una plataforma importante rumbo al proceso electoral de 2027.
Zihuatanejo de Azueta, gobernado por Liz Tapia Castro, probablemente es el municipio priista con mayor fortaleza económica debido a su actividad turística.
El verdadero debate no consiste en saber si el PRI aún puede ganar elecciones. La pregunta de fondo es mucho más trascendente, ¿puede un partido que gobernó Guerrero durante más de setenta años reinventarse sin renunciar a su historia, pero aprendiendo de ella? La respuesta comenzará a construirse en los próximos procesos electorales, pero será la ciudadanía quien, como siempre ocurre en democracia, tenga la última palabra.
El PRI ya perdió el monopolio del poder, ahora está obligado a demostrar que también puede ser competitivo sin él. Si no logra reconstruir su credibilidad antes de su centenario, el mayor partido del siglo XX podría convertirse únicamente en un actor testimonial del siglo XXI.
Existe además un cambio silencioso que transforma la competencia política en Guerrero. Durante buena parte del siglo pasado, los partidos construían su fortaleza a partir de estructuras territoriales y operadores electorales, hoy la confianza ciudadana se gana y se pierde todos los días. La opinión pública se forma en tiempo real, las redes sociales modifican la percepción de los gobiernos y los ciudadanos cuentan con mayores herramientas para exigir resultados. En ese nuevo contexto, la experiencia política sigue siendo valiosa, pero ya no sustituye la necesidad de generar legitimidad.
El desafío es mucho más profundo, recuperar la autoridad moral para presentarse nuevamente como una alternativa de gobierno. Esa reconstrucción no dependerá de discursos ni de campañas publicitarias, sino de decisiones concretas que demuestren que el partido entendió las razones que provocaron su pérdida de hegemonía y que está dispuesto a corregirlas.
Hablar del PRI en Guerrero sin analizar la influencia de Manuel Añorve Baños sería dejar fuera a uno de los actores que mayor incidencia ha tenido en la vida interna del partido durante las últimas dos décadas.
Aunque su responsabilidad institucional se desarrolla en el ámbito nacional como coordinador de la bancada priista en el Senado de la República, su peso político en Guerrero continúa siendo un factor determinante en la toma de decisiones, la construcción de acuerdos y la definición de la estrategia partidista.
Añorve representa, quizá como ningún otro dirigente priista en la entidad, la transición entre el partido que ejercía el poder y el partido que hoy busca reconstruirse desde la oposición. Su permanencia en la política nacional le ha permitido conservar interlocución con la dirigencia nacional, mantener vigencia dentro de las decisiones estratégicas del partido y convertirse en uno de los principales vínculos entre el priismo guerrerense y la estructura nacional.
Su liderazgo, sin embargo, también refleja uno de los principales dilemas que enfrenta el PRI. Para un sector de la militancia, Manuel Añorve simboliza experiencia, capacidad de negociación y conocimiento de la política electoral. Para otro, representa la continuidad de una generación de liderazgos que, aunque logró mantener cohesionado al partido durante años, también forma parte del periodo en el que el priismo comenzó a perder de manera sostenida su influencia en Guerrero.
Ese contraste explica buena parte del debate interno que vive actualmente el partido. Resulta difícil impulsar una narrativa de renovación cuando una parte importante de las decisiones estratégicas continúa orbitando alrededor de figuras consolidadas. No se trata de cuestionar la capacidad política de esos liderazgos, sino de reconocer que la construcción de nuevos cuadros requiere, inevitablemente, espacios reales para que emerjan nuevas voces con identidad propia.
De cara al 27 / Las opciones. – EL PRIEL PRI










