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Pbro. JORGE AMANDO VÁZQUEZ RODRÍGUEZ Fiesta, o cómo habitar el cuerpo


En un estudio sociológico la palabra fiesta es muy importante e incluso puede ser vista como la más alta forma de revuelta. Cuando comenzó a pronunciarse en castellano aflamencado, el término “huelga” dio lugar a la palabra “juerga”, así lo comenta Juan Evaristo Valls Boix en su libro Metafísica de la pereza (NED, Barcelona 2022), así pues “la fiesta sería esa rebeldía del cuerpo por haberlo reducido al deseo del consumo y haber hecho de la satisfacción un trabajo pues con la vacación o el cansancio hemos tramado vías de escape y estrategias de huida, porque pensar es decir no, porque exigíamos un límite a la devastación, y la resistencia pasiva es un modo sublime de vindicar la vida y no someterla”, (Valls, p.168)
Aquí el problema es quién se quiere revelar a los altos estándares que nos impone la sociedad consumista que nos ha hecho ávidos o salvajes voraces de obtener méritos y éxitos cada vez más altos, es como si estuviéramos cavando un pozo que cada vez se hace más profundo añorando encontrar una salida hasta el fondo donde cada vez las cosas se tornan más oscuras e incomprensibles.
Valls dice que: “En una fiesta se ensaya otro modo de habitar el cuerpo, de erotizarlo, de volverlo deseable. En una fiesta se aprende a desear” (Valls, p.168), y ahí está el verdadero problema porque, hoy casi nadie sabe lo que quiere de manera real para sí mismo: ¿quiero un buen matrimonio? ¿Quiero ser mejor persona? ¿Quiero mejores hijos? ¿Quiero estar bien conmigo mismo? ¿Me acepto como soy? ¿Acepto a las personas de mi entorno? ¿Qué me enamora? ¿Qué me disgusta? ¿Qué no me gusta de mí mismo? Y entre otras preguntas estas y otras muchas podrían ayudarnos a habitar el cuerpo de manera diferente y no tan sólo cumplir expectativas tangibles, económicas o laborales, incluso sociales y educativas.
LA PRIMERA MÁQUINA
Nuestras sociedades son altamente industrializadas no tan solo instrumentalmente sino mentalmente, todo gira en torno a la productividad por eso los inventos más celebrados son las máquinas: “La primera desarrollada por el capitalismo, no es la máquina de vapor, ni el reloj, ni siquiera el alumbrado eléctrico de las ciudades. La primera máquina capitalista fue el cuerpo humano”. (Valls, p.168)
Esta afirmación de Valls me abrió muchos panoramas de reflexión, pues nunca habría pensado que quien mueve las máquinas es otra máquina mucho más sofisticada que es el propio cuerpo humano: “Cuerpo obediente, cuerpo disciplinado, organismo funcional, cuerpo esforzado, cuerpo austero y eficiente. El cuerpo, una performatividad específica del cuerpo, privada de tantísimos movimientos y de muchas de sus capacidades, es siempre el fundamento material que sostiene un sistema capitalista de explotación” (Valls, p.168)
Por eso no nos extrañe que se hable de la explotación del cuerpo aunque lo normal pensamos que son las máquinas tecnológicas las que explotan y nos espanta y horroriza que ya no funcionen por eso las reparamos rápidamente, no así el cuerpo, ese puede esperar indefinidamente y tal vez su descanso sólo sea posible tres metro bajo tierra, o cuando se jubile, cuando ya ni vea, ni sienta, ni se mueva, sea un costal de huesos inservibles que hay que dejar por algún lado en espera de compasión y lástima que a nadie le importe, familia incluida.
El cuerpo es el verdaderamente explotado por un sistema como el nuestro que no repara en dejar todos inservibles, tal vez no de manera física sino algo peor, en lo emocional, sentimental, relacional, familiar, un pozo sin fondo de achaques y enfermedades que soportamos en silencio.
LA CENSURA
“Censurar bailes ritos populares, prohibir encuentros colectivos y ceremonias extáticas fue siempre un modo de contener insurrecciones, de gobernar la población a través de la disciplina y la moralización de los cuerpos” (Valls, p.168). Toda censura obedecerá a una tiranía esclavizante de mantenernos en la productividad, para lograr los objetivos que para nada son nuestros sino de personas totalmente ajenas a nuestro bienestar o mínimo a una calidad de vida. Y no es infrecuente que muchos estén en este ritmo, de no descansar jamás, de no pensar en las fiestas, incluso llevarse trabajo a casa para avanzar y no retrasarnos.
La disciplina y la moralidad no tienen por qué prestarse a este cruel tormento de ver fantasmas donde no los hay. Dicen: “El tiempo es oro” algunos corrigen, “el tiempo es gloria” y por eso hay que darle al trabajo y al esfuerzo aunque reventemos o valemos por los aires de la desintegración por el dolor de conciencia mal entendido.
LA FIESTA ESPACIO DE LO IRRECUPERABLE
“La fiesta se ha concebido clásicamente como enemiga del trabajo y como opuesto de la productividad […]la dimensión carnavalesca de la fiesta constituía una interrupción absoluta del orden económico y desorganizaba un colectivo a través de un gasto estructuralmente desmedido. Todos los recursos invertidos en la fiesta no contribuían ni a producir ni a reproducir un orden de cosas, sino que se derrochaban: comida, bebida en abundancia, bailes frenéticos, trastornos de la percepción, mascaradas y sacrificios de toda suerte. La fiesta era el espacio de lo irrecuperable”. (Valls, p.169)
Los agoreros de suspender fiestas religiosas tendrán esto en mente, pues de lo que se trata es de seguir explotando a la mejor máquina que tienen que es el cuerpo de los trabajadores hasta sacarles la última gota de sudor.
Así damos cuenta de lo que se ha convertido nuestra sociedad, hemos pasado de ser sociedades de la disciplina a la sociedad del rendimiento, que hace del exceso y el derroche un motor de hiper producción, dando paso a nuevos lenguajes: “No hay vacaciones… sino pausas laborales”, o sea, “que estés disponible a la hora que sea y para lo que sea”.
Hoy se es rebelde no con una protesta, o revuelta sino “salir de fiesta”.
Las preguntas se sirven, por lo tanto, solas: ¿Cómo dejar de consumir y agotar el cuerpo? ¿Cómo dejar de derrochar? ¿Cómo resignificar la jarana? ¿Cómo salir de fiesta?” (Valls, p.169). La fiesta es así una verdadera huelga. Viva la fiesta.

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