Desde que saltó al escenario público la protesta en cadena de las y los trabajadores del IMSS, es de temer que se recurra a una práctica arraigada en la cultura política mexicana: hablar de un «complot», insinuar que «alguien» está detrás de las movilizaciones o afirmar que quienes protestan «son muy poquitos», porque en el IMSS hay 140 mil agremiados. También se dirá que solo quieren «tirar al dirigente» o que están «manipulados».
Sorprende la desmemoria histórica. Desde 1987, las y los trabajadores del IMSS emprendieron protestas para exigir mejores condiciones de trabajo. Histórica fue la lucha de las enfermeras, cuya experiencia humana, al atender cotidianamente a cada paciente en las camas de los hospitales, les permite conocer muy de cerca lo que significa no tener ni una aspirina que darles. Las enfermeras son mayoría en esta protesta.
Desde el jueves anterior, las y los trabajadores iniciaron una estrategia singular: organizar piquetes de protesta en todas partes, sin abandonar el servicio, para mostrar la crisis de atención a la salud. Solo en Chiapas, desde hace más de un mes no funciona un solo tomógrafo. En las clínicas urbanas, a las personas adultas mayores se les receta un pequeño paquete de calcio para una semana, aunque deben tomarlo durante 28 días, porque no hay suficiente medicamento. Muchos estudios clínicos tampoco están disponibles, por lo que a los pacientes se les dice: «Vaya usted a Salud Digna», un laboratorio privado de bajo costo.
Aunque la crisis de salud no comenzó durante el sexenio de la llamada Transformación, las investigaciones periodísticas y académicas explican que se agravó y que ahora no hay una forma sencilla de resolverla.
¿Por qué se cree que ya no hay valores? Quienes trabajan en el Sector Salud tienen experiencia directa con el dolor humano. Por eso, a sus demandas laborales hoy se suma expresamente el reclamo por la falta de insumos y medicamentos: quieren hacer bien su trabajo. Entre sus demandas laborales figuran el rechazo al incremento salarial insuficiente, la contratación de personal para reducir las cargas de trabajo, la defensa del régimen de jubilaciones y pensiones, la libertad de expresión sindical y el rechazo a las represalias.
El malestar se acumula. El gremio está agotado desde hace un lustro, cuando enfrentó la pandemia de COVID-19 sin apoyos ni instrumentos suficientes. Desde entonces, resiste la crisis del sistema de salud. Las y los trabajadores aceptaron plazas temporales, promesas de reacomodo, traslados y cambios, pero, como señalan: «Nos engañaron». A ello se suma el incumplimiento de su contrato colectivo de trabajo.
Sería muy grave que el poder político recurriera a la narrativa de la conspiración para deslegitimar el descontento, imponiendo la «cultura del sospechosismo» y el desprecio.
Nadie se acuerda del Movimiento Médico de los años sesenta ni de las movilizaciones y del proceso de toma de conciencia y organización de las enfermeras en 1987. Ellas protestaron por la sobrecarga de trabajo, los bajos salarios y la falta de basificación. Estas demandas generaron, a principios de 1988, una movilización unitaria. Durante diez años, el gremio del IMSS no participó en las marchas de protesta del primero de mayo. En 2019, las y los trabajadores volvieron a las calles, retomaron las negociaciones y transformaron prácticas dentro de su sindicato. De todo esto, por supuesto, Zoé Robledo Aburto parece no tener la menor idea.
Este día habrá una protesta nacional cuyo desenlace es difícil de prever. Lo que comenzó el 24 de septiembre con una marcha masiva en la Ciudad de México, en la que participaron trabajadores en activo y jubilados del IMSS y del IMSS-Bienestar, se extendió por todo el país. La movilización rebasó el Centro Médico Nacional Siglo XXI, las oficinas centrales del sindicato y las del Instituto; hoy está presente en decenas de clínicas y hospitales. La situación no es sencilla.
Las protestas se reportaron en 14 entidades de la República. Sería impensable que se recurriera al viejo estilo priista para contenerlas, con policías y «granaderos».
Urge abrir la puerta al diálogo y a la negociación. Es necesario tomar nota de cómo comenzaron las rebeliones obreras de las décadas de los cincuenta, setenta y ochenta. También hay que reconocer que las y los trabajadores son capaces de unirse frente a líderes laborales tradicionales, trajeados, panzones y de lentes oscuros, que solo administran las cuotas sindicales.
Lo lamentable es que este gobierno, que se define como de «izquierda», no ponga en el centro de su agenda las reivindicaciones obreras ni la salud de las y los mexicanos. Veremos.
Periodista, editora de género en la OEM y directora de Semlac.










