Acapulco después del Otis: ¿lección aprendida u oportunidad perdida?
Por Gustavo Adolfo Torres Blanco
Hoy quiero iniciar con una reflexión; los desastres naturales no solamente destruyen viviendas, infraestructura y patrimonio; también ponen a prueba la madurez y capacidad de los gobiernos, la fortaleza de las instituciones y la responsabilidad de una sociedad para aprender de sus propias tragedias. El huracán Otis, que devastó Acapulco en octubre de 2023, fue mucho más que un fenómeno meteorológico: representó una radiografía de nuestras vulnerabilidades, de nuestras insuficiencias institucionales y de la fragilidad de un modelo de desarrollo, en el cual, durante décadas privilegió el crecimiento turístico sobre la planeación integral de la ciudad.
A tres años de aquella tragedia, la pregunta resulta inevitable: ¿Acapulco convirtió la devastación en una oportunidad para reconstruirse mejor o dejó escapar la posibilidad de corregir los errores que lo hicieron más vulnerable?
La respuesta exige objetividad. Sería injusto desconocer los esfuerzos de miles de ciudadanos que, con sus propias manos, limpiaron calles, recuperaron negocios, repararon viviendas y devolvieron esperanza a sus familias. También sería irresponsable ignorar las acciones de reconstrucción emprendidas por los distintos órdenes de gobierno, así como el trabajo de empresarios, trabajadores turísticos y organizaciones sociales.
Nadie me podrá contar lo qué pasó la noche del 24 y la madrugada del 25 de octubre, la experiencia fue aterradora y aún más sus consecuencias. Entre la vergonzante rapiña, también hubo actos de extrema empatía y solidaridad social, así como acciones de gobierno, con más voluntad que planeación y coordinación.
Sin embargo, reconocer los esfuerzos realizados no significa renunciar a la evaluación de los resultados. Una cosa es reconstruir lo destruido y otra, muy distinta, es corregir las causas que convirtieron un desastre natural en una crisis de dimensiones extraordinarias.
Reconstruir no es necesariamente transformar. Se puede levantar nuevamente un hotel, restablecer un servicio, reparar una avenida o rehabilitar una vivienda y, al mismo tiempo, conservar las mismas deficiencias de planeación urbana, drenaje, movilidad, protección civil y servicios públicos que existían antes del huracán.
Otis fue un sacudimiento a la conciencia colectiva, nos recordó que Acapulco es mucho más que su franja turística. Detrás de los hoteles, restaurantes y playas existe una ciudad con colonias que padecen rezagos históricos, asentamientos vulnerables, problemas de abastecimiento de agua, deficiencias en el manejo de residuos y una infraestructura vieja, que requiere mantenimiento permanente, no solamente atención cuando ocurre una emergencia.
La tragedia evidenció, además, que la prevención no puede reducirse a emitir alertas ni a instalar refugios temporales. La gestión integral de riesgos exige información confiable, protocolos eficaces, coordinación entre autoridades, capacidad de respuesta, infraestructura resiliente y una ciudadanía preparada. Tener claridad de las acciones a realizar antes, durante y después de un fenómeno como ese, asignando tareas especificas por capacidad, obligación legal y competencia, a los diferentes órganos públicos y a los ciudadanos. Cuando estos elementos fallan o resultan insuficientes, los fenómenos naturales multiplican sus consecuencias y generan crisis humanitarias y tragedias.
La lección es contundente: la naturaleza puede ser imprevisible en su comportamiento, pero la vulnerabilidad de una ciudad depende, en buena medida, de decisiones humanas que sí pueden anticiparse y corregirse.
Por ello, la reconstrucción de Acapulco debió convertirse en una oportunidad histórica para revisar el ordenamiento territorial, recuperar cauces y zonas de riesgo, modernizar los sistemas de drenaje, fortalecer la infraestructura hidráulica y eléctrica, mejorar la movilidad y establecer mecanismos transparentes de seguimiento al ejercicio de los recursos públicos.
También debió consolidarse una estrategia económica que protegiera y estimulara a las micro, pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales constituyen el verdadero tejido productivo de la ciudad. La recuperación turística es indispensable, pero no suficiente. Un destino puede recuperar visitantes y, sin embargo, mantener amplios sectores de su población en condiciones de precariedad económica.
El turismo genera empleos, dinamiza el comercio y atrae inversiones; pero la prosperidad de Acapulco no puede medirse exclusivamente por la ocupación hotelera o la afluencia de visitantes. Debe medirse también por la calidad de vida de sus habitantes, el ingreso de las familias, la seguridad, los servicios públicos y las oportunidades para quienes viven fuera de la zona turística.
En este contexto, resulta indispensable que la coordinación entre los gobiernos federal, estatal y municipal trascienda la coyuntura política. La reconstrucción no puede depender de la voluntad temporal de una administración ni convertirse en instrumento de propaganda. Requiere continuidad institucional, metas verificables, presupuestos suficientes y rendición de cuentas.
Porque los recursos públicos destinados a la recuperación no son concesiones de los gobernantes: son instrumentos para restituir derechos, recuperar patrimonio y construir mejores condiciones de vida.
La sociedad, por su parte, también tiene una responsabilidad. La exigencia de mejores gobiernos debe acompañarse de participación ciudadana, vigilancia de las obras, respeto al entorno y una cultura de prevención. La corresponsabilidad no exime a las autoridades de sus obligaciones; por el contrario, contribuye a que las decisiones públicas respondan a las necesidades reales de la población.
Acapulco necesita dejar atrás la política de la improvisación, tan recurrente, y sustituirla por una visión de Estado. No basta con reaccionar ante la emergencia: hay que anticiparse a ella. No basta con anunciar inversiones: hay que evaluar sus resultados. No basta con hablar de resiliencia: hay que demostrarla en la infraestructura, en los servicios y en la capacidad de proteger vidas humanas. ¿Dónde está el análisis de riesgos en las políticas públicas?
La verdadera reconstrucción no se mide por lo que vuelve a levantarse, sino por lo que se aprende para no volver a caer.
Otis dejó una herida profunda, pero también abrió una ventana excepcional para replantear el futuro de Acapulco. Desaprovecharla significaría aceptar que la tragedia fue solamente un episodio doloroso, sin consecuencias duraderas en la forma de gobernar, planear y construir la ciudad.
La pregunta, entonces, no es si Acapulco ha recuperado parte de su actividad económica o si sus calles muestran nuevamente señales de normalidad. La pregunta de fondo es si hoy estamos mejor preparados para enfrentar otro fenómeno de esta magnitud; si nuestras instituciones son más eficaces; si las zonas de riesgo reciben atención prioritaria y si existe una estrategia integral que coloque la vida, el patrimonio y la dignidad de las personas por encima de los intereses políticos y económicos de corto plazo.
Si las mismas vulnerabilidades permanecen, si la prevención continúa subordinada a la emergencia y si la reconstrucción no se traduce en mejores condiciones de vida, tendremos que reconocer que, en buena medida, dejamos escapar una oportunidad histórica.
Acapulco no necesitaba únicamente recuperar su imagen ante el mundo; necesitaba recuperar la confianza de sus habitantes en sus instituciones y en su futuro.
La grandeza de una ciudad no se demuestra cuando disfruta de la prosperidad, sino cuando tiene la capacidad de levantarse de la adversidad sin repetir los errores que la hicieron vulnerable.
Otis nos puso frente a esa disyuntiva histórica: aprender de la tragedia o acostumbrarnos a ella. Convertir el dolor en experiencia o permitir que el olvido vuelva a gobernar nuestras decisiones.
Porque si después de Otis Acapulco vuelve a ser vulnerable por las mismas razones que antes, entonces la naturaleza habrá hecho su parte, pero la responsabilidad de no haber aprendido será enteramente nuestra.
Cierro con una pregunta que debiéramos hacernos todos los días;
¿Qué hemos hecho para un fenómeno igual no se vuelva tragedia nuevamente?










