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FRENTE A LA DESERTIFICACIÓN La ciencia impulsa la restauración de los suelos Francisco Alarcón CIMMYT

En el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, el CIMMYT hace un llamado a reconocer la importancia de la salud del suelo para la seguridad alimentaria y la resiliencia climática. Frente a la degradación de la tierra, que amenaza la producción de alimentos, la disponibilidad de agua y los medios de vida de millones de personas, la organización impulsa soluciones basadas en ciencia, innovación territorial y alianzas estratégicas en México y Centroamérica.

La salud del suelo es la base de sistemas agroalimentarios resilientes. A través de prácticas sostenibles y ciencia aplicada, agricultores e investigadores trabajan para restaurar la tierra y enfrentar los efectos de la desertificación en México y Centroamérica.

Texcoco, Estado de México, junio de 2026. La desertificación avanza lentamente, pero sus efectos se sienten cada vez con mayor intensidad. Lo que comienza como una pérdida gradual de fertilidad del suelo puede traducirse en menores cosechas, menor disponibilidad de agua y una creciente vulnerabilidad frente a sequías, temperaturas extremas y otros impactos del cambio climático. En un país donde cerca del 65 % del territorio corresponde a zonas áridas, semiáridas o subhúmedas secas, la degradación de la tierra representa uno de los desafíos más importantes para el futuro de la agricultura.(ver Fig. 1).

Fig. 1 Zonas de aridez en Mexico

De acuerdo con un estudio de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) y la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), el 59 % del territorio mexicano presenta algún grado de desertificación, mientras que el 32 % enfrenta condiciones severas o extremas. Esta dimensión muestra que la degradación de la tierra no es un problema aislado, sino una amenaza extendida para la productividad, la disponibilidad de agua y la estabilidad de los territorios rurales. (Fig. 2).

Fig. 2. Areas secas afectadas por diferentes grados de desertificación

La magnitud del problema trasciende las fronteras nacionales. De acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD), hasta el 40 % de las tierras del planeta presentan algún grado de degradación, afectando directamente a cerca de la mitad de la humanidad y comprometiendo la capacidad de los sistemas agrícolas para producir alimentos, conservar la biodiversidad y regular los recursos hídricos.

La desertificación no es únicamente una cuestión ambiental. También es un desafío para la seguridad alimentaria, el desarrollo económico y la estabilidad de las comunidades rurales. Cuando los suelos pierden su capacidad productiva, disminuyen las oportunidades para quienes dependen de ellos y aumenta la presión sobre los recursos naturales que sostienen los sistemas agroalimentarios. En México, diversos análisis estiman que más de la mitad de la población vive en territorios afectados por procesos de degradación de tierras y desertificación, una situación que puede agravarse conforme aumenten los efectos del cambio climático.

Durante décadas, investigadores han trabajado para comprender los procesos que degradan los suelos y desarrollar alternativas que permitan restaurarlos y protegerlos. Hoy, ese conocimiento científico está ayudando a transformar la manera en que productores, técnicos y tomadores de decisiones enfrentan algunos de los retos más complejos de nuestro tiempo.

Desde el norte y centro de México hasta el sur-sureste y Centroamérica, el CIMMYT impulsa una red de clústers de agroinnovación que conecta territorios con desafíos compartidos relacionados con la salud del suelo, la disponibilidad de agua, la productividad agrícola y la adaptación al cambio climático. Estos clústers integran diversos Hubs de innovación, creando espacios donde el conocimiento científico se combina con la experiencia de los productores para identificar, adaptar y escalar soluciones que respondan a las necesidades específicas de cada región.

La nueva generación del Técnico Certificado en Agricultura Sustentable forma parte de las acciones impulsadas por el Clúster de Agroinnovación del Sur de México, un modelo regional que articula capacidades, conocimiento científico y experiencia territorial para fortalecer la adaptación de los sistemas agroalimentarios, impulsar la seguridad alimentaria y promover un sector agrícola más sostenible y resiliente.

Mientras los Hubs funcionan como espacios de colaboración donde productores, técnicos y científicos adaptan y validan soluciones en condiciones reales de campo, los clústers de agroinnovación amplían ese alcance al conectar múltiples regiones y actores alrededor de desafíos comunes. A través de esta estructura, gobiernos, centros de investigación, organizaciones locales, empresas del sector agroalimentario, agroindustrias, proveedores de servicios, instituciones financieras y otros socios estratégicos colaboran para identificar soluciones, compartir aprendizajes y acelerar la adopción de prácticas que fortalezcan la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.

La experiencia ha demostrado que la desertificación no puede abordarse mediante acciones aisladas. Restaurar la salud del suelo requiere investigación científica, mecanismos de financiamiento, políticas públicas y alianzas capaces de llevar las innovaciones hasta el territorio. También exige comprender que cada región enfrenta condiciones distintas y que las soluciones deben adaptarse a las características agroecológicas, sociales y productivas de cada contexto.

El ing. Moisés Rodríguez, presentando el manejo del sistema milpa intercalado con árboles frutales (MIAF) a productores durante el viaje de Intercambio a la Plataforma de investigación Ocosingo, Chiapas. Foto: CIMMYT

Entre las prácticas que están contribuyendo a recuperar la funcionalidad de los suelos se encuentran la agricultura de conservación, la diversificación de cultivos, los abonos verdes, los agroecosistemas integrados como la milpa intercalada con árboles frutales (MIAF), la cobertura permanente del suelo y estrategias para mejorar la eficiencia en el uso del agua. Con el tiempo, estas prácticas ayudan a reducir la erosión y la escorrentía, incrementar la materia orgánica y la estabilidad física de los suelos, mejorar la infiltración y retención de humedad y fortalecer la capacidad de los sistemas agrícolas para resistir eventos climáticos extremos.

Los suelos saludables almacenan carbono y ayudan a mitigar el calentamiento global; favorecen la biodiversidad, regulan los ciclos hidrológicos y contribuyen a mantener servicios ecosistémicos esenciales para la agricultura y las comunidades rurales. De acuerdo con la FAO, los primeros 30 centímetros del suelo contienen más carbono que la atmósfera y la vegetación terrestre combinadas, por lo que su restauración desempeña un papel clave tanto para la seguridad alimentaria como para la mitigación y adaptación al cambio climático.

Frente a una amenaza que afecta millones de hectáreas en México y en el mundo, la ciencia proporciona las herramientas para comprender los desafíos, construir soluciones y generar las alianzas necesarias para llevarlas a escala. Cada suelo recuperado representa una oportunidad para producir alimentos de manera más sostenible, fortalecer los medios de vida rurales y construir un futuro en el que la tierra continúe siendo la base de la seguridad alimentaria y el bienestar de las próximas generaciones.

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