MANUEL OLIVARES HERNÁNDEZ
Estado de Guerrero a 24 de septiembre de 2026.
Crónica de una noche sin amanecer: Testimonio desde las entrañas de la tragedia de Iguala: Manuel Olivares Hernández Fundador y exdirector del Centro Regional de Defensa de Derechos Humanos, “José Ma. Morelos y Pavón” A.C.
I. Las llamadas del abismo: El viernes 14 de septiembre de 2014
A escasos días de que se cumplan doce años de uno de los crímenes de lesa humanidad más atroces del presente siglo, el eco de aquella noche regresa con la precisión implacable del dolor. Era viernes, aproximadamente a las 9:30 de la noche. De manera consecutiva, tres llamadas telefónicas quebraron la tranquilidad de Manuel Olivares Hernández, director del Centro Morelos. Eran estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Hasta ese momento, desconociamos el motivo exacto de la presencia de los normalistas en Iguala era incierto para nosotros, pero el tono de sus voces disipó cualquier duda: estaban llenos de miedo.
Al otro lado de la línea, el horror se filtraba a gritos. Describían un ataque coordinado, una pinza letal donde participaban abiertamente policías del estado, policías municipales y civiles armados. De fondo, el estruendo seco y ensordecedor de detonaciones de armas de fuego de grueso calibre. Una segunda llamada, proveniente de la Clínica privada Cristina. Esto encendió la alarma definitiva: había compañeros heridos y muertos, y el Ejército mexicano acababa de hacer su arribo al lugar.
La desesperación se tradujo en acción inmediata. Marqué tres veces al licenciado Ernesto Aguirre Gutiérrez, sobrino y operador político del gobernador Angel Eladio Aguirre Rivero, interlocutor conocido por nuestro trabajo de inerlocusión en apoyo a las familias desplazadas de la sierra de Coyuca de Catalán y a los pueblos de Tecoanapa en su lucha por el agua. Le exigí que transmitiera un mensaje urgente al gobernador: detener de inmediato la cacería de los policías en contra de los normalistas. Su respuesta fue un evasivo y frío «ya estoy viendo ese asunto». Paralelamente, llamé a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Guerrero rogando una intervención institucional que jamás llegó con la urgencia requerida.
II. El amanecer en el caos: La llegada a Iguala
Por ser fin de semana, los integrantes del Centro Morelos nos encontrábamos dispersos fuera de Chilapa. La distancia y la hora impidieron una respuesta inmediata la misma noche; sin embargo, acordamos encontrarnos al amanecer en Chilpancingo para partir hacia Iguala.
A eso de las 9:00 u 10:00 de la mañana del sábado, arribamos un servidor y el licenciado Alejandro Ramos Gallegos a un escenario apocalíptico. Iguala era un hervidero de caos, miedo y desesperación. No había claridad sobre la cifra de asesinados ni sobre el paradero de los ausentes. Algunos albergaban la esperanza de que los muchachos hubieran huido hacia los cerros y que, poco a poco, lograrían regresar a la normal. Pero la presencia de madres y padres angustiados, buscando desesperadamente a sus hijos, presagiaba una dimensión catastrófica.
Nos integramos de inmediato a las labores de apoyo. Periodistas independientes y profesores de la CETEG —quienes habían caminado históricamente junto a los normalistas— cubrían los pormenores, convirtiendo la tragedia local en un grito de resonancia nacional e internacional.
El día 27, acompañamos a los estudiantes a la comandancia de barandilla en busca de detenidos; no había registro de ellos. En el sitio, personal no identificado manipulaba y disparaba las armas de la policía municipal en un intento perverso por extraer ojivas y cotejar qué elementos habían disparado directamente contra los jóvenes. El tiempo era nuestro enemigo implacable.
La necesidad imperiosa de reconocer los cuerpos nos condujó a eso de las 3 de la tarde al Servicio Médico Forense (Semefo). Integré una comisión con tres o cuatro estudiantes. Ahí, con el alma desgarrada, reconocieron a tres de sus compañeros: Daniel Solís Gallardo, Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón Fontes. A este último le habían desollado el rostro; la precisión quirúrgica de aquel corte brutal quedó grabada para siempre en mi memoria visual.
Con la llegada de los compañeros del Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan se fortalecio el apoyo, antes de ir al semefo organizamos la búsqueda de los estudiantes en la llamada Loma de los Coyotes, custodiados por elementos del Ejército, sin hallar ningún rastro positivo. Por la tarde, ante el colapso emocional de los padres que seguían llegando, se tuvo que tomar una decisión profundamente dolorosa: el sentido común chocaba con la desesperación de buscar a los ausentes frente al alto riesgo latente. Había que elegir entre permanecer en un territorio hostil sin garantías o regresar a la normal para reorganizarse, recabar información y trazar una ruta de resistencia.
III. El número que duele: Los 43
De regreso en la Normal Rural de Ayotzinapa, la realidad adquirió matices insondables. Conforme pasaban las horas, las listas de desaparecidos se depuraban con dolorosa meticulosidad hasta fijar una cifra que hoy estremece al mundo y avergüenza al Estado mexicano: 43.
Desde entonces, el Centro Morelos ha permanecido firme en las trincheras de la exigencia y la solidaridad. Hemos participado en todas las reuniones posteriores a los hechos, hemos caminado en cada movilización y en cada jornada de lucha, manteniendo intacta la convicción que resume la dignidad de un pueblo agraviado y con mayor desición ahora que desde la presidencia de la república se trata con todos los recursos de exonerar al ejército de toda responsabilidad, ante eso, dejamos claro que las madres y los padres no estan solos.
¡Porque Vivos se los Llevaron, Vivos los Queremos!
Atentamente
Manuel Olivares Hernándes
Fundador y Exdirector del Centro Morelos










