En las últimas semanas, en redes sociales se ha popularizado una tendencia que idealiza a la tradwife o “esposa tradicional”. Se presenta como el modelo perfecto en el que la mujer dedica toda su vida al hogar, al cuidado de los hijos y al bienestar de su esposo. Esta ideología religiosa y patriarcal se ha propagado en Estados Unidos con Erika Kirk, empresaria y líder de la organización ultra conservadora Turning Point USA.
En la Cumbre de Liderazgo Femenino (Women’s Leadership Summit 2026) realizada en San Antonio, Texas, organizado por Erika Kirk como la nueva ejecutiva de Turning Point USA, quien asumió el liderazgo luego de que su esposo Charlie Kirk fuera asesinado. Asistieron docenas de mujeres y defendieron la idea de ceder su voto individual, remplazado por el sufragio representativo del hombre de la unidad familiar denominado “voto por hogar”.
Mujeres del movimiento “esposas tradicionales” están de acuerdo con que los hombres asuman la postura política a pesar de que jurídicamente resultaría complejo.
Creadoras de contenido como Savanna Faith Stone resaltan en redes sociales este esquema de ceder a los hombres del hogar quedarse con el absoluto derecho de votar. Van más allá del matrimonio porque consideran que las solteras pueden ser representadas por sus padres o hermanos.
Abundan que la renuncia a sus derechos civiles puede ser una realidad solo si cambia el sistema político a uno conservador.
Es complejo borrar décadas largas de lucha de las mujeres por el derecho al voto en Estados Unidos, lo mismo que en América Latina. Sin embargo, las ideas ultraconservadoras están ganando terreno en grupúsculos de una clase social concreta.
Mujeres que son empresarias, modelos y sus esposos con mucho capital. Es un estilo de vida que no soportan las mujeres de las clases pobres y más si son indígenas.
Este discurso es peligroso porque no tiene un sustento jurídico, sino que fortalece la ideología machista de que el objetivo de las mujeres es servir a una figura masculina sin cuestionar, entregar su vida para convertirse en una herramienta; las coloca como un objeto sin identidad, sin autonomía, sin criterio propio.
Normaliza la idea de que renunciar a derechos puede ser una opción deseable y aceptable.
Este tipo de discursos representan un retroceso en la forma en que entendemos los derechos y la libertad de las mujeres.
Durante décadas, miles de mujeres lucharon para que hoy podamos estudiar, trabajar, votar, administrar nuestro propio dinero, participar en la vida pública y decidir el rumbo de nuestras vidas. Muchas fueron encarceladas, perseguidas e incluso perdieron la vida para que las siguientes generaciones tuvieran oportunidades que antes les eran negadas.
Sin embargo, hoy esas conquistas parecen minimizarse en redes sociales, donde se romantiza una época en la que las mujeres tenían muchas menos posibilidades de decidir sobre su propio futuro.
Lo más contradictorio es que quienes promueven este discurso lo hacen desde una posición de libertad que precisamente fue posible gracias a esos derechos. Pueden estudiar, generar ingresos mediante redes sociales, expresar públicamente sus opiniones, emprender negocios y decidir si desean casarse, trabajar o dedicarse al hogar. Esa capacidad de elegir existe porque otras mujeres lucharon antes para conquistarla. Asimismo, tienen una posición social privilegiada; son mujeres blancas, empresarias, conservadoras. Si realmente vivieran bajo las condiciones que muchas veces romantizan, probablemente ni siquiera podrían construir la plataforma desde la que hoy difunden ese mensaje.
Además, este estilo de vida no puede analizarse únicamente desde la comodidad que muestran las redes sociales.
En la Montaña de Guerrero, por ejemplo, existen miles de mujeres que dedican su vida al hogar, al cuidado de los hijos y al trabajo doméstico, pero no porque esa haya sido una elección libre o un estilo de vida idealizado. Muchas viven en condiciones de pobreza, cargan a sus hijos mientras realizan las labores diarias, tienen pocas oportunidades de estudiar o desarrollarse profesionalmente y sus proyectos personales quedan relegados por las responsabilidades del hogar.
Es una realidad muy distinta a la imagen estética del tradwife que se vende en internet.
Mientras algunas personas romantizan ese modelo desde el privilegio de poder elegir, muchas mujeres de comunidades indígenas y rurales siguen buscando precisamente lo que otras proponen abandonar: más oportunidades, más autonomía, libertades y más derechos.
Esto no significa que ser ama de casa sea negativo. El trabajo doméstico y de cuidados sostiene a las familias y también hace posible que muchas personas puedan desarrollarse profesionalmente. El problema aparece cuando ese rol deja de ser una elección y se convierte en una expectativa social o en el único camino considerado correcto para las mujeres. La verdadera libertad consiste en que cada mujer pueda decidir cómo quiere vivir: dedicarse al hogar, desarrollar una carrera profesional, combinar ambas cosas o elegir un camino completamente distinto, sin que se le imponga un modelo como superior a los demás.
Fotografía: Pavel Valente Rosales / José Luis de la Cruz










