Misael Habana de los Santos
Luis Buñuel habría disfrutado enormemente la última perorata de Sofío Ramírez Hernández.
Y no por su profundidad filosófica, sino por su involuntario surrealismo.
Lo menos que puede decirse del texto es que resulta patético, en el sentido griego del término: un discurso construido para provocar compasión por el héroe caído y admiración por el discípulo fiel que promete acompañarlo hasta el final de los tiempos.
Hay algo de Simón del desierto en toda esta historia.
Aquel santo estilita que pasó décadas sobre una columna, convencido de que desde las alturas comprendía mejor los sufrimientos humanos y estaba más cerca del pueblo que caminaba abajo, entre el polvo y las miserias terrenales.
Sólo que Buñuel, viejo iconoclasta, sabía que la santidad y el poder comparten una tentación común: la de confundirse con la eternidad.
Sofío nos anuncia ahora que vendrán “nuevos tiempos por venir”, como si hubiera descubierto una nueva ley histórica y no estuviera simplemente comentando una disputa interna de Morena.
Luego construye una genealogía épica: Félix, de Las Querendas, y Sofío, de La Luz de Juárez. Dos hombres surgidos de la pobreza, de la cultura del esfuerzo, sin derecho de sangre ni linaje. La ironía es formidable.
Lo escribe un político que ha transitado por el PRI, el PRD, Morena y otros etcéteras, con la misma naturalidad con la que un peregrino cambia de posada en el camino a Compostela. Un auténtico internacionalista de las siglas partidistas que ahora reivindica la lealtad inquebrantable como si hubiera sido fundador de la Orden de los Cartujos.
La lealtad, al parecer, comenzó exactamente en la estación donde terminó el último chapulineo.
Pero la joya literaria llega cuando Sofío convoca a defender los derechos políticos de Félix Salgado Macedonio.
Uno lee aquello y piensa que el senador ha sido desterrado a Siberia, encarcelado en Lecumberri, enviado a una prisión de Bukele o condenado por la Santa Inquisición, cuya sucursal, al parecer, hoy habita en el Comité Ejecutivo Nacional de Morena.
La realidad, sin embargo, es infinitamente más prosaica: un partido decidió aplicar una regla interna contra el nepotismo político. Nada más.
No le quitaron la ciudadanía. No le prohibieron hablar. No le arrebataron el derecho a organizar giras, transmitir en vivo o recorrer Guerrero.
Simplemente le recordaron que, en democracia, ninguna biografía, por gloriosa que sea, posee derechos hereditarios sobre el futuro.
Pero entonces aparece el lenguaje religioso.
Félix ya no es un dirigente político. Es un “líder histórico”.
Un hombre al que las próximas generaciones recordarán con la frase: “Había una vez…”
Ya estamos en el terreno de las hagiografías medievales.
Sólo faltó añadir que, después de negarle la candidatura, los ríos de Guerrero detuvieron su curso y los pescadores de Barra Vieja encontraron peces con el rostro del mártir de Las Querendas.
Buñuel habría filmado esa escena con una sonrisa.
Porque el verdadero demonio en Simón del desierto no era la carne ni las mujeres hermosas. Otra de las debilidades del lobo.
Era algo mucho más sutil: la convicción íntima de que el mundo no podía continuar sin el santo sobre su columna.
Sofío parece compartir esa certeza.
Nos advierte que Félix será el gran elector, el referente indispensable, el liderazgo natural, la conciencia moral del territorio.
Como si Guerrero hubiera agotado definitivamente su capacidad de producir nuevas generaciones políticas y estuviera condenado a contemplar eternamente la misma columna y al mismo asceta.
Pero la historia, afortunadamente, es menos piadosa que los discípulos. El tiempo sigue caminando. Los pueblos cambian. Las generaciones se relevan.
Y hasta los Simones del desierto, tarde o temprano, deben bajar de la columna o aceptar que el baile continúa abajo, entre la multitud, mientras ellos siguen esperando que la eternidad les conceda una última oportunidad.
Quizá ésa sea la enseñanza final de Buñuel. El problema no es subir a la columna.
El problema comienza cuando uno cree que el pueblo entero debe permanecer inmóvil, contemplando para siempre al mismo santo.
Amén.
MISAEL HABANA DE LOS SANTOS *Simón del desierto en Las Querendas* ACAPULKO TROPIKAL










