SURREALISMO POLÍTICO
Taddei, no tiene quien le escriba
MARTÍN MARTÍNEZ OLVERA
Noviembre 1/2026
A Guadalupe Taddei la imagen en los cuernos de la luna le duró tres años. La proyección de una figura de influencia, de austeridad republicana, de demócrata se derrumbó para dejar la idea de una figura corrupta y corruptible de la que nadie de quienes benefició ni colocó, se atreve a escribir ni pronunciar una línea a su favor ni siquiera ser asociada a ella.
En tres años concentró el poder casi absoluto de una figura necesaria para dar la garantía de defensora de las elecciones limpias y democráticas, pero terminó atrapada en las redes de la ambición pedestre, de los negocios familiares y del tráfico de influencias que tanto juraron desterrar. Llegó vestida con el ropaje de la imparcialidad que le regaló una tómbola legislativa, presumiendo orígenes de izquierda y temple sonorense, para acabar convertida en el clásico ejemplo del funcionario que confunde la rectoría del Estado con el patrimonio del compadrazgo. Hoy, cuando las carpetas de la Auditoría Superior de la Federación y los expedientes judiciales tocan a la puerta, el silencio de sus antiguos corifeos es ensordecedor. Nadie la conoce; nadie mete las manos al fuego; nadie le escribe.
Ese es el verdadero surrealismo político que define a nuestra fauna burocrática: mientras hubo presupuesto y cargos que repartir, el apellido Taddei era pasaporte diplomático hacia las nóminas más jugosas de la República. Sobrinos en paraestatales estratégicas, parientes en las delegaciones de Bienestar, vástagos incrustados en gabinetes estatales y oficinas federales de deporte. La parentela florecía al amparo de una presidencia electoral que, en los hechos, operaba como ventanilla de colocaciones y agencia de asignación directa. Pero en política la lealtad dura exactamente lo que dura el presupuesto. Una vez exhibidas las triangulaciones, las empresas fantasma y los contratos a la medida de contratistas consentidos, aquellos que hacían antesala en su despacho en Viaducto Tlalpan hoy cruzan la acera para no saludarla.
El golpe al Instituto Nacional Electoral no es menor. Se desmoronó la máscara de la pretendida «austeridad republicana» que sirvió de pretexto para desmantelar áreas técnicas y asfixiar contrapesos internos bajo el falso argumento de combatir los excesos del pasado. Resultó que los privilegios no se extinguieron, únicamente cambiaron de bolsillo y de razón social. La descomposición moral del árbitro no vino de los ataques externos del oficialismo ni de los amagos de reforma constitucional, sino de la gangrena interna provocada por una presidencia omisa, cómplice y beneficiaria de esquemas de contratación que no resistieron la más elemental auditoría pública.
Desde la óptica provinciana, donde bien conocemos cómo operan los cacicazgos locales y las redes clientelares que se nutren de la simulación institucional, la caída de Taddei no sorprende en su fondo, pero sí estremece por el vacío que deja en la antesala del 2027. La renuncia forzada no lava el oprobio ni restituye de golpe la confianza ciudadana en un organismo que costó décadas construir y miles de millones sostener.
Taddei se va por la puerta trasera de la historia electoral mexicana, cargando el fardo de las sospechas fundadas y el repudio generalizado. Quiso jugar al ajedrez del poder absoluto cobijada por el manto de Palacio Nacional, olvidando que en ese tablero los peones son desechables en cuanto se convierten en un pasivo para la narrativa oficial. Ni la llamada Cuarta Transformación quiso asumir el costo político de defender lo indefendible. La dejaron caer a plomo, solitaria, abandonada a su suerte procesal y desprovista del séquito que ayer le aplaudía hasta los bostezos. En el México de las lealtades de papel, Guadalupe Taddei ya no tiene quien le escriba; apenas quien le redacte los oficios de entrega-recepción ante el desastre de su propia gestión. Surrealismo?










