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LA PÉRDIDA DE POLINIZADORES – Amenaza la resiliencia de los sistemas agrícolas Francisco Alarcón / CIMMYT

El cambio climático, la degradación ambiental y el uso intensivo de plaguicidas están reduciendo las poblaciones de abejas y otros polinizadores en zonas agrícolas de México, poniendo en riesgo procesos clave para la producción de alimentos. Especialistas promueven prácticas agroecológicas para recuperar biodiversidad y fortalecer la adaptación del campo frente a condiciones climáticas cada vez más extremas.

El girasol puede convertirse en una fuente estratégica de alimento para abejas y otros polinizadores dentro de los sistemas agrícolas. Integrar especies con floración atractiva ayuda a recuperar biodiversidad, favorecer insectos benéficos y fortalecer la resiliencia del campo frente al cambio climático.

Texcoco, Estado de México. La disminución de las poblaciones de abejas y otros polinizadores se ha convertido en una de las señales más visibles de la presión ambiental que actualmente enfrentan los sistemas agrícolas. En distintas regiones de México, productores y especialistas han identificado una menor presencia de estos insectos dentro de las parcelas, un fenómeno asociado al aumento de temperaturas, la pérdida de vegetación y el uso intensivo de agroquímicos.

Los polinizadores cumplen una función fundamental para la agricultura. Una parte importante de los cultivos destinados al consumo humano depende de la actividad de insectos como las abejas, responsables de procesos que influyen directamente en la formación de frutos y semillas. Sin embargo, las condiciones que permiten su supervivencia se han deteriorado progresivamente debido a las alteraciones climáticas y a la simplificación de los paisajes agrícolas.

Especialistas advierten que las sequías prolongadas, las olas de calor y la reducción de cobertura vegetal limitan la disponibilidad de flores y refugios para los polinizadores. A esto se suma la expansión de monocultivos y el uso constante de agroquímicos, factores que afectan la movilidad, orientación y capacidad reproductiva de las abejas, debilitando las colonias y reduciendo su capacidad de supervivencia.

Las barreras vivas y la diversificación de cultivos contribuyen a generar refugios y alimento para polinizadores como las abejas. Estas prácticas agroecológicas también ayudan a conservar humedad, reducir erosión y disminuir la dependencia de agroquímicos dentro de las parcelas.

Frente a este escenario, distintas estrategias agroecológicas buscan recuperar biodiversidad dentro de las parcelas y reducir la dependencia de insumos químicos. Entre las principales recomendaciones destaca el establecimiento de barreras vivas, una práctica que consiste en integrar especies vegetales alrededor o dentro de los cultivos para atraer insectos benéficos, conservar humedad y disminuir erosión. Estas barreras también pueden funcionar como rompevientos naturales y ayudar a reducir el crecimiento de malezas.

De acuerdo con especialistas de CIMMYT, especies como girasol, lupinus, alverjón, cilantro, hinojo, anís y calabaza pueden incorporarse como barreras vivas debido a que proporcionan néctar y polen para abejas, abejorros y otros insectos benéficos. Algunas plantas, además de atraer polinizadores, ayudan a regular plagas o aportan nutrientes al suelo, como ocurre con ciertas leguminosas.

Otra recomendación técnica es establecer estas barreras de acuerdo con el ciclo agrícola y el tipo de especie utilizada. Plantas propagadas por esquejes, como el botón de oro (Tithonia diversifolia), pueden sembrarse al inicio de las lluvias, mientras que especies como girasol o lupinus deben establecerse antes o junto con el cultivo principal para que su floración coincida con los periodos de mayor actividad de insectos benéficos.

La diversificación y rotación de cultivos se han convertido también en herramientas clave para mejorar la salud del suelo, reducir la dependencia de agroquímicos y favorecer la presencia de polinizadores e insectos benéficos. Además de fortalecer la productividad, estas prácticas ayudan a que los sistemas agrícolas resistan mejor los efectos del cambio climático.

La desaparición progresiva de abejas y otros polinizadores comienza a evidenciar los límites ambientales de los modelos agrícolas intensivos y la necesidad de integrar prácticas de conservación dentro de las estrategias de producción.

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