El rompecabezas de mi padre
Por José Antonio Martínez Olvera
De mi padre tengo apenas algunas sombras. Recuerdos borrosos, fragmentos dispersos que el tiempo fue desgastando hasta volverlos casi irreconocibles. Sé que era militar. No mucho más. Nunca supe realmente quién fue, cómo pensaba, qué soñaba o por qué no pudo quedarse con nosotros.
Mi madre nunca hablaba de él. No por crueldad ni por deseo de ocultarlo, creo yo. Simplemente la vida no le dejó espacio para hacerlo. Su existencia estuvo entregada por completo al trabajo, a la tarea inmensa de sacar adelante a sus tres hijos. Mientras otros quizás encontraban momentos para las conversaciones familiares o las evocaciones del pasado, ella dedicaba cada hora a resolver las urgencias del presente.
Mis hermanos y yo tampoco hablamos mucho de nuestro padre. Era una ausencia tan antigua que terminó formando parte natural de nuestras vidas. Como una habitación cerrada dentro de la casa familiar: todos sabíamos que estaba allí, pero casi nunca abríamos la puerta.
Recuerdo especialmente a mi hermano Martín Luciano. Cuando alguien le preguntaba por su padre, respondía con una frase que mezclaba humor, imaginación y tal vez algo de dolor: “Era militar y murió aplastado por un tanque”. Lo decía con tal naturalidad que nadie sabía si estaba bromeando o intentando terminar la conversación. Mi hermana Guadalupe, en cambio, eligió otro camino. Que yo recuerde, jamás lo mencionaba.
Y así pasaron los años.
El trajín de la vida, la avalancha de horas, días y años nos fue empujando por caminos diferentes. Cada uno construyó su destino, enfrentó sus propias luchas, formó sus afectos y levantó sus propias certezas. Mientras tanto, la historia de nuestro padre permaneció inmóvil, perdida en algún rincón del pasado.
Hoy tengo sesenta y siete años. Soy padre de dos hijas y abuelo de una nieta. La edad me ha llevado naturalmente a la reflexión. Hay momentos en que uno deja de mirar hacia adelante y comienza a recorrer hacia atrás el camino andado. En esa búsqueda, he intentado armar el rompecabezas de mi vida, y en alguna parte de ese rompecabezas está mi padre.
He buscado rastros, recuerdos, relatos. He intentado unir piezas que nunca encajaron del todo. Pero el tiempo es implacable. Muchas respuestas ya no existen o permanecen guardadas en silencios que nadie podrá descifrar.
Sin embargo, a esta altura de mi vida, he comprendido que tal vez no todas las preguntas necesitan una respuesta definitiva. Quizás el verdadero sentido no esté en descubrir exactamente qué ocurrió, sino en aceptar que hubo una historia anterior a la mía, una historia hecha de decisiones, circunstancias y destinos que no siempre pudieron elegirse.
Me gusta pensar, y acaso sea el consuelo que me queda, que la etapa que compartieron mi madre y mi padre fue una etapa de amor y esperanza. Que antes de las ausencias, antes de los silencios y antes de las separaciones, existió un tiempo en el que ambos imaginaron un futuro juntos. Que la llegada de sus tres hijos fue un milagro recibido con alegría por los dos.
Lo demás pertenece a las circunstancias de la vida. A esos caminos imprevisibles que separan a las personas, alteran los planes y dejan preguntas sin respuesta.
De mi padre conozco muy poco. Tal vez demasiado poco. Pero si algo he aprendido después de tantos años es que, aunque la memoria falle y los hechos se pierdan, la existencia misma de quienes vinimos después habla de una historia que alguna vez ocurrió.
Y en esa historia, incompleta y silenciosa, también está mi origen.
José Antonio.
JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ OLVERA El rompecabezas de mi padre










