a verdadera libertad es vivir de acuerdo
con nuestro propio corazón
Alexander Pushkin
Como si fuera una característica de la política nacional, en nuestra cita con la historia siempre llegamos tarde. Así ocurrió con la alternancia en el poder y con la construcción de instituciones democráticas. Tener un partido dominante durante más de 70 años y después devolverle el poder por otros seis terminó retrasando procesos que en otros países ocurrieron décadas antes. Basta mirar hacia el sur del continente para entender parte de lo sucedido.

No toda la izquierda latinoamericana fue populista, pero sí una parte importante de los gobiernos que concentraron el poder, debilitaron los contrapesos institucionales y construyeron liderazgos personalistas. Aunque hubo expresiones populistas durante el viejo régimen priista, fue hasta 2018 cuando llegó al poder López Obrador, quien, dicho sea de paso, se formó políticamente en aquel añejo partido. Se presentó como un líder capaz de conectar con los sectores más inconformes de la sociedad y asumió distintas banderas, entre ellas la de la izquierda, aunque mantuvo posiciones conservadoras en temas que tradicionalmente ese sector suele defender. También mostró admiración por figuras como Fidel Castro, Raúl Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Evo Morales. Las promesas fueron parecidas a las escuchadas en otras latitudes de América Latina, aunque los resultados distaron mucho de las expectativas generadas.
Que quede claro: tampoco se trata de afirmar que antes existiera riqueza o una mejor distribución de la misma. El problema es que seguimos detenidos, perdidos en el laberinto. Los errores de los gobiernos de izquierda, la falta de oportunidades, la pobreza, la violencia con sus muertos y desplazados, así como una larga lista de pendientes, han generado un profundo descontento social. Lo paradójico es que ese desencanto termina fortaleciendo justamente a las fuerzas que durante años criticaron y combatieron: la ultraderecha intolerante. De nuevo, basta mirar el mapa.
La política latinoamericana se mueve como un péndulo. Va y viene de manera incesante. Ahí está el ejemplo de cómo, a principios de este siglo, la llamada “marea rosa” llevó al poder a gobiernos de izquierda y populistas en buena parte del continente: Venezuela con Hugo Chávez, Brasil con Lula da Silva, Argentina con los Kirchner, Bolivia con Evo Morales, Ecuador con Rafael Correa, Nicaragua con Daniel Ortega y, años después, México con López Obrador. La narrativa dominante prometía justicia social, una mayor intervención del Estado y confrontación con el modelo liberal. En el caso mexicano se añadieron ingredientes propios: la violencia, el narcotráfico y la compleja relación con Estados Unidos.
La situación comenzó a cambiar en los últimos años. A partir de 2024, el mapa político latinoamericano experimentó un giro notable hacia la derecha. Argentina eligió a Javier Milei con un discurso antisistema, de libre mercado y cercano a Washington. Ecuador ratificó a Daniel Noboa. Paraguay mantiene a Santiago Peña. Chile dio un viraje al elegir a José Antonio Kast. Además, Bolivia y otros países han mostrado avances significativos de fuerzas conservadoras o de centroderecha.
Ante el fracaso o el incumplimiento de muchas de las promesas de los gobiernos de izquierda, los temas que dominan las campañas ya no son la redistribución de la riqueza o el combate al neoliberalismo. Hoy las preocupaciones giran en torno a la seguridad pública, la migración irregular, el control del crimen organizado y la recuperación económica.
El caso más reciente y simbólico es Colombia. Gustavo Petro hizo historia en 2022 al convertirse en el primer presidente de izquierda de ese país. Sin embargo, apenas cuatro años después, los electores optaron por un cambio de rumbo y eligieron a Abelardo de la Espriella. La decisión confirma una tendencia regional: cuando las expectativas generadas por un proyecto político no se cumplen, el electorado suele buscar refugio en la alternativa opuesta.
La historia demuestra que América Latina sigue moviéndose entre extremos. La izquierda llegó prometiendo corregir los excesos del mercado; la derecha regresa ofreciendo orden, seguridad y crecimiento económico. El problema es que la frustración con la izquierda no garantiza mejores gobiernos. Los errores de un extremo suelen alimentar los excesos del otro. Mientras los ciudadanos sigan cambiando de color político sin encontrar resultados concretos, el péndulo continuará su movimiento y la región permanecerá atrapada en el mismo laberinto.
La victoria de la derecha en varios países de la región debería preocupar a la izquierda mexicana. No porque los fenómenos políticos sean idénticos, sino porque comparten un elemento común: el desgaste del poder… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
Palabras Más
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez










