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EL LAGARTO SE NIEGA A COMER – Pbro. Jorge Amando Vázquez Rodríguez



Martin Seligman, en su libro, La auténtica felicidad, (2004), cuenta la historia de un lagarto que se niega a comer.
“El lagarto pertenecía a uno de los colegas de Seligman. Sin importar lo que le ofrecieran —fruta, carne picada, moscas muertas—, el lagarto se negaba a comer. Pero un día, su dueño arrojó un periódico sobre un sándwich de jamón. El lagarto se abalanzó sobre el periódico, lo hizo pedazos y devoró el sándwich.
“Los lagartos han evolucionado para acechar, abalanzarse y desgarrar antes de comer”. “Este ejercicio era tan esencial para la vida del lagarto que su apetito no podía despertarse hasta que [este comportamiento] se activara”.
Me vino a la mente esta anécdota de Seligman al observar que ahora nosotros, o gran parte de nosotros, nos hemos acostumbrado a comer (trabajar) sin el menor esfuerzo viviendo de mitos que se nos han transmitido y que Nassim Nicholas Taleb en su libro, Antifragilidad describe a la perfección:
“Recordemos que no estamos diseñados para recibir nuestros alimentos sin esfuerzo, entregados directamente a domicilio incluso. En la naturaleza teníamos que gastar energía para comer. Los leones cazan para comer y no al revés: no comen primero y se dedican luego a cazar por mero placer. Alimentar a las personas antes de que hayan gastado energía confunde sin duda el proceso señalizador de sus organismos. Y tenemos sobradas pruebas de privar intermitentemente (y solo intermitentemente) de comida a esos organismos genera efectos beneficiosos para muchas de sus funciones”. (Taleb, p.456)
No tiene que sorprendernos que años de evolución humana no la podemos cambiar en poco tiempo, pues el esfuerzo, el trabajo, o simplemente ganarse el pan de cada día es una auténtica justicia que requiere el máximo esfuerzo y ésta tiene que ser, -como hace milenios- la dinámica y no al revés, o sea, primero comer y después trabajar (que, a veces ni eso hacemos).
Tiene que haber una resistencia para cambiar nuestra mentalidad y concientizarnos de esta realidad de siempre: “Comerás con el sudor de tu frente” (Gn 3,19), y esta advertencia no está de adorno si es una ley de vida, incluido el desayuno. Que por otra parte, en referencia al desayuno el mismo Taleb tiene la siguiente reflexión:
“Se ha subestimado la respuesta al hambre, nuestra antifragilidad. Llevamos tiempo diciendo a la gente que coman un desayuno abundante para que pueda hacer frente a las penalidades del trabajo diario. Y esa no es ninguna teoría novedosa salida de las mentes de nutricionistas contemporáneos nuestros, incapaces de ver lo que realmente indican las pruebas empíricas: me sorprendió verla, por ejemplo, en un diálogo de la monumental novela de Stendhal Rojo y negro, en el que alguien dice al protagonista, Julien Sore, que “el trabajo del día será largo y duro, así que fortalezcámonos con un desayuno” (lo que, en el francés de aquella época, se llamaba un “primer almuerzo”). En realidad, cada vez parece estar más demostrado que la idea del desayuno como una de las principales comidas del día, son cereales y otros productos parecidos, resulta dañina para los seres humanos (de hecho, me pregunto por qué pasó tanto tiempo antes de que alguien se diera cuenta de la necesidad de contrastar empíricamente una idea tan antinatural como esa). Además, las pruebas muestran que, a menos que se trabaje antes para ganárselo, el desayuno resulta perjudicial o, al menos, no reporta beneficio alguno”. (Taleb, p.456)
Cita larga pero necesaria por la uniformidad de su información dicha por un experto en estos interesantes datos que coinciden en investigadores tan dispares como el mencionado más arriba, Seligman y ahora Nicholas Taleb: tanto el lagarto como el ser humano, su evolución los ha llevado hasta donde estamos gracias al esfuerzo, trabajar para ganarlo.
No creo que esto sea muy difícil de entender, tampoco dicha conclusión se llega por una simple lógica, sólo es fruto de la experiencia fundamental del ser humano, que en la actualidad se nos ha olvidado así como el león no come para cazar sino caza para comer.
No sé si estar inscritos en las diferentes plataformas donde podemos ordenar pizzas, hamburguesas, hot dogs, alitas, tacos al pastor y demás comida rápida sea una señal de progreso, pero lo que si sé es que la ley del mínimo esfuerzo engrosa las filas de comer sin hacer el mínimo esfuerzo, pensando que alimentarse de esa manera es un premio al no hacer algo de provecho.
Primero se gastan energías que la comida nos devuelve, pero no al revés.
Si el trabajo es tan escaso ahora es precisamente porque hay algunos incentivos gratuitos que, fruto de políticas tal vez bien pensadas de repartir las riquezas, el gran grueso de la población no ha entendido que estos subsidios son solamente eso, ayudas, no suplencias para ya no trabajar o esforzarnos para saber salir adelante y superarnos.
He escuchado a cada vez más personas que normalmente emplean a personas en sus negocios que ya casi nadie quiere trabajar porque van saliendo adelante como consecuencia de juntar las diferentes ayudas que reciben oficialmente.
RACIONALISMO INGENUO: TODO SIN ESFUERZO
El problema no se circunscribe sólo a comer sin tener previo un esfuerzo sino que se extiendo a nuestros nuevos hábitos como son el de caminar fruto de esta nueva mentalidad del racionalismo ingenuo: “Del mismo modo que, durante mucho tiempo, la gente se esforzaba por acortar sus horas de sueño porque esta parecía inútil para nuestra lógica terrícola, muchas personas creen que caminar no sirve para nada y prefieren utilizar medios mecánicos de trasporte (coche, bicicleta, etc,); Luego se ejercitan en el gimnasio. Y cuando caminan, lo hacen siguiendo ese ignominioso método del “power walk”, en ocasiones, incluso con pesos en los brazos. No se dan cuenta de que, por razones impenetrables aún para ellos, es muy posible que caminar si esfuerzo, a un ritmo inferior al del nivel de estrés tenga ciertos beneficios o, según yo mismo me atrevería a especular, sea incluso necesario opera los seres humanos, tal vez tanto como esa horas de sueño que, en cierto momento, la modernidad no fue capaz de racionalizar y trato de reducir”. (Taleb, p.458)
Comer, dormir, caminar, todo sin esfuerzo implica, queramos o no, la fuente de nuestros dolores de cabeza. Lo bueno es que nadie lo dirá porque de por medio hay millones de pesos en juego, con tal que tú no te esfuerces y sigas sosteniendo al que realmente si trabajan a costa de tu salud o de tu vida misma. ¡Viva la pereza!

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