Hidalgo, México (SEMlac).- “No se pinta con las manos, la pintura debe salir del alma, pasar por el cerebro y luego la emoción la debe uno derramar sobre una tela, madera o muro. Más aún, si mis manos no me sirvieran ya para pintar, colocaré los pinceles en mi boca y así pintaré”.
Así se expresó María Izquierdo sobre la creación pictórica que surgía de su propio pincel, pero se desbordaba. Y continuaba: “…creo que todos los artistas debemos expresar personalmente lo que nos emociona y seguir nuestra manera de ver y sentir la belleza”.
Ella nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, el 30 de octubre de 1902. Una mujer cuyas trenzas a veces parecían montañas caprichosas sobre su cabeza de mujer creativa; otras, enredaderas de una medusa amorosa.
Sus cejas se encontraban para convertirse solamente en una y formaban un arco gloriosamente femenino que le dio una personalidad de artista única. Sus labios toleraban el silencio por un segundo; parecían temblar dispuestos a describirse ya, a delatarse ya, a pronunciarse para confesar quién es y quién será. Sus ojos de tapatía provocaban que cualquiera se perdiera en su mirada.
Vestía con trajes de mujer mexicana enamorada de los colores; por eso atrapaba la brillantez de nuestro sol, el azul de nuestro cielito lindo y la complicidad de una luna mágica. Será por siempre una de las pintoras más importantes de México.
Su obra atrapó caballitos de feria, trapecistas osados, payasitos de mejillas brillantes y hombres de músculos que enternecen. Se aferró a sirenas morenas que parecen espejos de ese mar que sueña con mujeres amadas. Gracias a ella, los huachinangos sonríen y vuelven a la vida fuera del mar al enamorarse de sus lienzos azules.
Resucitó naturalezas muertas y dotó de suspiros las naturalezas vivas. Llenó alacenas muy mexicanas de secretos transformados en árboles de la vida, en muñequitas de ojos muy abiertos, en alebrijes generosos que se dejaron atrapar para creer en la fantasía. Mujeres con sombrillas para resguardarse de rayos juguetones. Mujeres de piel morena que seducen con sus tonos. Mujeres de pechos alegres que convierten sus pezones en estrellas. Autorretratos para descubrirnos en ella.
El circo fue un escenario latente. Bailarinas que hacen equilibrio o caballitos que galopan al ritmo de los suspiros que se convierten en remolinos y en huracanes, como toda vida de mujer fuerte.
Confesó en una entrevista que estos colores fueron los que iluminaron sus lienzos blancos: el rojo, el bermellón, el carmín, el ocre, el blanco rosa, el rosa de los indios, el chicle y el tezontle —tierra quemada de Michoacán.
Sin duda, la pintura de María Izquierdo presenta su propia fascinación por la vida, su propio amor a sí misma, su propia imaginación de mujer que sabe soñar, sus propios suspiros de mujer artista. Aseguraba que su pintura reflejaba al auténtico México que amaba, sentía y espiaba: “Pienso que en el mundo de la pintura un cuadro es una ventana abierta a la imaginación humana”. Hoy la recordamos con admiración.
Debe destacarse que María luchó contra el machismo de sus colegas pintores. En efecto, en otra charla periodística declaró que “ser mujer y tener talento parece una maldición”.
La actitud de sus contemporáneos pareció confirmar su visión: Rivera y otros pintores mexicanos le negaron la oportunidad de ser muralista, pues su ceguera patriarcal los hizo repetir que un mural no podía ser parido por una mujer. En 2021, un colectivo de artistas del estado de Oaxaca le rindió un homenaje llamado “El mural que debió ser”.
Sin embargo, María nunca se dio por vencida. En cada entrevista, en cada escrito propio, en cada actividad pública, la denuncia formó parte de su discurso. En 1950 dirigió una carta pública a las mujeres mexicanas y el suplemento Zócalo la dio a conocer el 24 de octubre. Directa y clara, el tono crítico y duro de la misiva permite advertir el carácter fuerte de la pintora. Describe, resignada, los estereotipos impuestos a la población femenina, pero advierte que está surgiendo una nueva mujer:
“Ahora bien, este nuevo tipo de mujer que desayuna en el centro de la ciudad, ya que trabaja en una oficina, si es inteligente y normal, afronta menos peligros en la vida cotidiana que una mujer chapada a la antigua, una de aquellas mujeres vigiladas por mil ojos y cuidada por mil candados”, dice el texto.
“La muchacha moderna, ya que trata libremente a sus compañeros, empieza por tener verdaderas amigas y verdaderos amigos; si llega a enamorarse, sabrá aquilatar, elegir y comprender a su novio y, cuando se case, no se convertirá en una esclava, porque al saber ganarse la vida no sentirá complejos de inferioridad ante su marido”, añade.
Pero más que la palabra, es la pintura de Izquierdo la que siempre podrá demostrar su propia fascinación por la vida, su propio amor a sí misma, su propia imaginación de mujer que sabe soñar, sus propios suspiros de mujer artista. Aseguraba que su pintura reflejaba al auténtico México que amaba, sentía y espiaba: “Pienso que en el mundo de la pintura un cuadro es una ventana abierta a la imaginación humana”.
* La autora es periodista feminista, escritora y catedrática en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.
ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO *María Izquierdo* BELLAS y AIROSAS/ SEMLAC










