Ante el encarecimiento de los insumos para la agricultura, soluciones basadas en la ciencia —desde el manejo eficiente de nutrientes hasta innovaciones como la inhibición biológica de la nitrificación (BNI), que mejora el aprovechamiento del nitrógeno en el suelo— abren rutas para fortalecer la resiliencia de las comunidades agrícolas y sostener la productividad ante las disrupciones globales.

Texcoco, México, abril de 2026. — El aumento en los costos de los insumos para la agricultura está redefiniendo la forma en que se produce en el campo. Aunque sus efectos no siempre son visibles de inmediato, terminan reflejándose en toda la cadena agroalimentaria. Más allá de la presión sobre los productores, esta situación expone una fragilidad estructural: la dependencia de los sistemas agrícolas de cadenas globales complejas, concentradas y vulnerables.
En ese sistema, ciertos corredores estratégicos de comercio concentran riesgos desproporcionados, ya que una disrupción localizada puede desencadenar impactos a escala global. Rutas clave como el estrecho de Ormuz —por donde transita una parte significativa del comercio mundial de energía y fertilizantes— funcionan como verdaderos cuellos de botella del sistema agroalimentario global. Cuando estos corredores se ven tensionados, el impacto no se limita a los mercados energéticos: se traslada al costo de los fertilizantes, condiciona las decisiones de siembra y, en última instancia, afecta la disponibilidad de alimentos. En un contexto donde más de la mitad del comercio agrícola internacional depende de estas rutas críticas, incluso disrupciones parciales pueden amplificar la volatilidad y presionar los precios a escala global.
Hoy, buena parte del nitrógeno que sostiene la producción agrícola depende del comercio internacional, lo que vuelve a millones de productores sensibles a disrupciones externas. Hasta 1.8 mil millones de personas dependen de fertilizantes expuestos a interrupciones en su suministro, ya sea por importaciones directas o por su vínculo con el gas natural necesario para producirlos. En ese contexto, decisiones que se toman lejos del campo terminan influyendo directamente en qué se siembra, cuánto se fertiliza y cuánto alimento llegará al mercado.
En México, donde el maíz es base de la alimentación, esta presión se amplifica. Los costos de producción aumentan, la dependencia de fertilizantes importados limita la capacidad de respuesta, y factores como la sequía intensifican la incertidumbre. Sin embargo, frente a este escenario, la respuesta no se limita a resistir la coyuntura, sino a transformar el sistema productivo desde la ciencia.

Esa transformación puede comenzar en el corto plazo. En regiones como Sonora y Sinaloa, el uso de especies como Sesbania y Canavalia, capaces de fijar nitrógeno atmosférico e incorporarlo al suelo, demuestra que existen alternativas viables para enriquecer la fertilidad del suelo y reducir la presión sobre los fertilizantes sintéticos. Estas opciones, adaptables a distintos contextos, forman parte de un conjunto más amplio de soluciones disponibles para los productores.
La evidencia generada por CIMMYT apunta en una misma dirección: integrar leguminosas no es una práctica secundaria, sino una estrategia central para la resiliencia agrícola. Su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico permite mejorar la fertilidad del suelo, reducir costos de producción y disminuir la dependencia de insumos externos, al tiempo que fortalece la estabilidad de los sistemas productivos frente a la variabilidad climática.
En la práctica, esto se traduce en decisiones concretas. Cuando una leguminosa se incorpora en la rotación, el siguiente cultivo puede requerir menos fertilizante, porque el suelo ya contiene más nitrógeno disponible. A ello se suma el uso de composta, estiércol y residuos de cosecha, que contribuyen a construir una reserva gradual de nutrientes. Aunque estas fuentes no sustituyen completamente a los fertilizantes químicos, sí funcionan como un amortiguador frente a incrementos de precios o interrupciones en el suministro.

A más largo plazo, este enfoque converge en la agricultura de conservación, donde la incorporación continua de materia orgánica mejora la calidad del suelo, incrementa su capacidad de aportar nutrientes y fortalece su resiliencia. El suelo deja de ser un soporte pasivo y se convierte en un activo estratégico para sostener la productividad. La agricultura de conservación, con su elemento de labranza mínima, que reduce el uso de maquinaria como tractores, tiene la ventaja adicional de disminuir considerablemente el uso de combustibles fósiles, ayudando a los productores a amortiguar el alza de precios derivada de la crisis.
En paralelo, la ciencia avanza en nuevas fronteras. Una de las más prometedoras es la inhibición biológica de la nitrificación (BNI), una innovación en la que CIMMYT trabaja junto con una red internacional de investigación. Esta tecnología aprovecha la capacidad natural de ciertas plantas para regular el ciclo del nitrógeno en el suelo, reduciendo pérdidas y mejorando la eficiencia del fertilizante. Aunque aún está en proceso de validación en distintos contextos, su potencial es claro: avanzar hacia sistemas agrícolas menos dependientes de insumos externos y más sostenibles.
Otra estrategia para el uso más sustentable de fertilizantes es el uso de variedades nuevas, mejoradas continuamente, ya que estas, en general, muestran una mayor eficiencia en el uso de nutrientes y agua en comparación con variedades anteriores, además de ser resistentes o tolerantes a plagas y enfermedades. Instituciones como el INIFAP y la industria semillera, en colaboración con CIMMYT y otros centros de investigación, liberan cada año variedades nuevas más eficientes y adaptadas a estreses bióticos y abióticos.
El uso de tecnologías que forman parte de la agricultura 4.0, como sensores, muestreos de suelo, percepción remota e inteligencia artificial para la toma de decisiones, así como la aplicación de insumos con dosis variable, son elementos clave de una agricultura más precisa. El objetivo es aplicar la dosis adecuada, en el momento y lugar correctos, optimizando el uso de insumos para lograr sistemas más sustentables, con rendimientos altos y estables y un menor impacto en el medio ambiente y el clima. CIMMYT está evaluando varias de estas tecnologías para ampliar el acceso a herramientas dirigidas a productores pequeños y medianos, permitiéndoles enfrentar crisis de insumos como la actual.
La adopción de estas soluciones requiere esquemas de cooperación que conecten la ciencia con el campo y con las condiciones reales de producción. A través de redes de innovación, validaciones en campo y alianzas entre gobiernos, organismos internacionales y el sector privado, estas prácticas comienzan a escalar e integrarse en sistemas productivos, facilitando la adaptación de las comunidades agrícolas a un entorno cambiante.
En un sistema agrícola profundamente interconectado, la resiliencia se construye fortaleciendo capacidades locales respaldadas por evidencia científica. En ese proceso, hay una conclusión cada vez más clara: la inversión en esta ciencia no puede detenerse. No solo porque permite reducir costos o mejorar rendimientos, sino porque define la capacidad de los sistemas agrícolas para sostenerse en un entorno cada vez más incierto. En última instancia, el futuro de la seguridad alimentaria no dependerá únicamente de los mercados globales, sino de la capacidad de las comunidades agrícolas para adaptarse, regenerar sus suelos y sostener sus medios de vida.
Esa capacidad depende de entender cómo se produce en cada contexto: sus suelos, sus condiciones climáticas y sus realidades económicas. En un entorno de incertidumbre, la seguridad alimentaria no se define en los mercados, sino en la capacidad de los sistemas y de las comunidades agrícolas para adaptarse y seguir produciendo.
Fuentes consultadas
Mingolla, S. y Rosa, L. (2025). Low-carbon ammonia production is essential for resilient and sustainable agriculture. Nature Food, 6, 610–621.
Bailey, R. y Wellesley, L. (2017). Chokepoints and Vulnerabilities in Global Food Trade. Chatham House.
CIMMYT (2026). Leguminosas: ciencia aplicada que regenera suelos y fortalece la resiliencia agrícola.










